Sir Nicolás Bacon, padre del célebre filósofo de este nombre, hizo grabar sobre la puerta de su casa de campo esta divisa: Mediocria firma.

En efecto, sólo quien no aspira a sobresalir y renuncia a las ventajas materiales de poder y de riqueza, consigue dar un fundamento firme a su felicidad.

Lord Francis Bacon se encargó de comprobar bien tristemente la enseña paterna.

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El amor a la soledad, cuando no se exagera, nos conviene, porque engendra la meditación, madre de todos los progresos. Cuando se lleva más allá de sus justos límites indica, si no aversión, por lo menos temor de los hombres, y el verdadero sabio «ni debe temer ni debe ser temido de los hombres», como se dice en el Bhagavad-Gita.

Huir de los hombres en el tiempo presente es casi imposible. No sólo necesitamos aniquilar para ello el instinto de sociabilidad que en todos existe; pero, dadas las condiciones en que ahora se desenvuelve la vida, casi todos los hombres, por su profesión, se ven obligados a relacionarse entre sí. Por otra parte, y esto es lo más importante, sólo en contacto con ellos se les puede hacer bien. Lejos, únicamente el escritor o el sabio.

No huyamos, pues, de ellos, pero guardémonos de despertar su envidia. Pasemos a su lado haciendo el menor ruido posible. Procuremos no ser presa apetitosa para su paladar. Debilitémonos sistemáticamente; soltemos las carnes para que su olor no despierte el apetito de la fiera.

Apenas existe en la Historia hombre elevado a un gran poderío que haya podido sostenerse hasta el fin. Los grandes conquistadores mueren en las batallas que les suscitan o en el destierro; los ricos perecen asesinados; los favoritos de los reyes suben al patíbulo. Aun aquellos que en la obscuridad disfrutan de cierto bienestar, que no se descuiden. Una ligera tentación de vanidad, un instante de desvanecimiento les puede costar enormemente caro.

Oid la historia triste del pobre Fargues. Fargues era un francés que había tomado parte activa y principal en los disturbios de la Fronde contra la Corte y el cardenal Mazarino durante la minoría de Luis XIV. No fué ahorcado, aunque no faltaron deseos de hacerlo. Su partido, aun temible, guardó su vida: fué comprendido en la amnistía. Temeroso, no obstante, de la venganza de la Corte, decidió retirarse al campo y pasar en la obscuridad el resto de su vida. Transcurrieron bastantes años, el cardenal Mazarino había fallecido; pero nuestro hombre, siguiendo los consejos de la prudencia, permanecía retirado. Vivía, pues, tranquilamente en su castillo, no muy lejos de Saint-Germain, al amparo y a la fe de la amnistía, cuando un suceso imprevisto vino a sacarle a luz. Acaeció que en una cacería en que tomaba parte el Rey, cuatro o cinco señores de los que le acompañaban, enardecidos en la persecución de una pieza, se extraviaron en el bosque. Cerró la noche, y se hallaron sin saber adónde dirigirse. Al fin divisan una luz, marchan hacia ella, y se encuentran con una casa de recreo; piden hospitalidad, y el dueño se la ofrece cortésmente. No se limita a esto, sino que los atiende con real esplendidez: exhibe su rica vajilla, su mesa bien provista, su excelente vino, sus lechos de pluma, etc. Los cortesanos quedaron sorprendidos, encantados, llenos de gratitud. Cuando al día siguiente regresan a Saint-Germain, refieren delante del Rey su aventura y se hacen lenguas de la amabilidad y esplendidez de su huésped.

—¿Cómo se llama?—pregunta el Rey.