Por último, después de tres o cuatro años de esta vida reposada, nuestro caballero se vió necesitado a malvender su finca y retirarse de nuevo a Madrid con el hígado enfermo y la cabeza llena de canas.

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«Los autores se ven necesitados a empujar el carro de su propia fama», ha dicho el poeta Leopardi.

Es cierto, pero a condición de hacerse invisibles, que no sean caballo, sino electricidad.

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Cuando un escritor principia a comerciar con su ingenio, no tarda en suspender los pagos.

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Cuando se apura de un trago la copa de la gloria, suele subirse a la cabeza. A veces también produce vómitos. Pero si se la bebe a pequeños sorbos, conforta la existencia, y es fuente de alegría.

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Los libros son como los hijos; se engendran con placer; luego dan disgustos: por fin amparan la vejez.