«¿Por qué asombrarse?—exclamaba en mis adentros—. ¿No ha dicho Goethe, con aplauso de todos, que el Eterno Femenino nos atrae al cielo? Pues el Catolicismo cristiano había expresado ya esto mismo, enseñándonos que la Virgen María nos conduce a Dios. El eterno femenino, que es la esencia de la pureza y la humildad, se halla en el corazón de la Santa Virgen elegida por Dios para madre del Verbo, y cuantas mujeres hay en el mundo puras y humildes llevan en su pecho un pedazo del corazón de María. Si Cristo es el alma de la religión, María es el perfume, es la perpetua revelación de una verdad que ha flotado siempre en el espíritu humano, a saber: que, en el Universo, la suprema piedad se identifica con la suprema justicia.»
Así marchaba distraído, envuelto en una nube de pensamientos suaves. Poco a poco, los caseríos iban haciéndose más raros: caminaba ya en plena montaña, y no encontraba más seres vivientes que los pájaros. Mi dulce monólogo proseguía. Me sentí cansado al fin, y me dejé caer sobre el césped. La ola de mis pensamientos piadosos crecía, me inundaba de dicha. Recordé la bella efigie de María Inmaculada que mi madre había colgado a la cabecera de mi lecho infantil, y sacando la cartera, tracé las siguientes palabras:
«Un estremecimiento de alegría corre por los cielos y la tierra. Los vientos se callan. Las nubes se arrebolan. Los hombres caen de rodillas. Por el ambiente se esparce aroma embriagador. De lo alto llega una armonía dulce y solemne.
»¿Qué pasa?
»Es que cruza la Virgen María. Legiones de ángeles la acompañan extasiados de dicha. Sobre su inmaculada frente brilla una corona, y todo su cuerpo va envuelto en radiosa luz.
»Pero sus oídos no escuchan las músicas celestiales, ni sus ojos ven más que al Eterno Padre, a quien se dirige. El Universo entero canta su gloria. Sólo Ella, en su profunda humildad, la ignora.»
Me levanto después, marcho algunos minutos, y me doy cuenta de que he perdido el camino, que no sé adónde dirigirme. La tarde declinaba velozmente, y si la noche me sorprendía en aquellos parajes corría riesgo de no reposar en lecho blando. «¡Qué importa!—me dije, sin la menor inquietud—. La Virgen me acompaña. Por ella dormiré con placer a la intemperie.»
Y, más alegre todavía que antes, prosigo mi marcha al través de la montaña. Al doblar un pequeño repecho vi una zagalita de catorce a quince años que se ocupaba en cortar ramaje para cama del ganado.
—Niña—le dije acercándome—, ¿cuál es el camino de Aránzazu?
Alzó sus ojos serenos y dulces y comenzó a hablarme en vascuence.