»—Justamente—me respondió.

» Apartéme de aquel grupo, cada vez más confuso y asombrado, y comencé a dar vueltas por los amenos jardines, sin pretender acercarme a ningún otro. Viendo cruzar a mi lado un griego, de rostro agradable y franca mirada, me aventuré a dirigirle la palabra (en griego, por supuesto).

»—Amigo, si tienes espacio y no te molesta conversar con un recién llegado, yo te ruego que me saques de la confusión y perplejidad en que me hallo. Acabo de escuchar a tres de los más grandes filósofos que hemos tenido allá en la Tierra, y los tres han expresado ideas contrarias a las que en vida sostenían. ¿Qué significa esto?

»—Con todos te pasará lo mismo—me respondió sonriendo—. Los filósofos que aquí llegan, cambian de opinión y se pasan resueltamente a la opuesta en un período que fluctúa entre los ochenta y cien de vuestros años. Algunos, mucho primero. Ahí tienes un poco más lejos a Schopenhauer, que, recién venido, no cesa de cantar himnos a la vida y de narrarnos prolijamente lo bien que lo pasaba en ella con su flauta, con sus libros y sus fáciles conquistas.

»—Te digo, en verdad, que esto es asombroso.

»—Pues en verdad te digo también que no hay motivo para que te asombres. Qué; ¿no has observado allá entre los mortales cómo los filósofos, si Dios les otorga larga vida y acomodo para filosofar, van modificando lentamente sus ideas? No hablemos de los nuestros, que apenas conocéis, si se exceptúan Platón y Aristóteles. Dirige una mirada hacia los tuyos. ¿Es lo mismo Kant en sus primeros tiempos que en los últimos? Pregúntaselo a Schopenhauer. ¿Es el mismo Fichte en la Doctrina de la Ciencia que en el Método para la vida feliz? ¿No ha modificado Schelling profundamente sus opiniones en los últimos escritos? Y Goethe, hablando en su vejez con tal benevolencia del Cristianismo, ¿es el furioso irreconciliable enemigo de la Cruz que en su juventud? Por fin, vivo está todavía el filósofo más notable que hoy tenéis, Herbert Spencer, y sabes bien que ya no es, ni mucho menos, el materialista intransigente de sus primeras obras. Así, pues, amigo, deja de admirarte de que aquí esos grandes filósofos hayan cambiado de opinión hasta pasarse a la contraria, porque en la Tierra, de haber continuado viviendo, hubiera acaecido otro tanto más tarde o más temprano. Si hay cambio, si hay modificación, por leve que sea, a la larga, los resultados serán enormes. Ya ves que el alzamiento de una pulgada en el espacio de un siglo en el fondo del mar ha causado la aparición de nuevos y grandes continentes... Mira—añadió con su fina sonrisa enigmática—, ése es el único ser que no cambia jamás.

» Volví los ojos hacia donde me señalaba, y acerté a ver una gran estatua de bronce que representaba la Fe sobre alto pedestal. En las gradas de este pedestal vi también algunos hombres que parecían dormir.

»—¿Qué hacen ahí esos hombres tumbados a los pies de la estatua?—pregunté a mi interlocutor.

»—Esperan tranquilamente a que se le caiga la venda de los ojos; esperan que llegue el día en que, como dice vuestro Malebranche, la fe se convierta en inteligencia.

»A mí me atacó en aquel instante un fuerte deseo de dormir también. Me acerqué a ellos, me acosté a su lado, y quedé traspuesto... El vivo dolor que me produjo la sonda del médico al hacerme la cura fué lo que me despertó, trayéndome de nuevo a la vida.