En la guerra contra la estupidez es menester conducirse como hábil general. Atacándola de frente, hay seguridad de ser arrollado. Se toman posiciones, se combinan movimientos, se la ataca por los flancos, se la pica por la retaguardia, y entonces es posible obtener buen resultado.
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Conocí a un general a quien, después de hallarse largos años obscurecido, se le confió de pronto un mando importante. Rebosando de alegría y entusiasmo se viste el uniforme para dar las gracias a la reina. Mas de pronto observa que apenas puede marchar: una viva molestia en los pies le advierte de que la gota le tiene encadenado.
—¡Oh, Dios mío!—exclama, dejándose caer en un sillón—. ¡Qué desgracia! ¡Mi carrera ha concluído!, ¡Pobre de mí, que vivía confiado sin saber que tenía ya al enemigo dentro de la plaza!
Y maldice de su suerte, vomita imprecaciones contra la gota fatal, y se lamenta en altas y terribles voces.
La familia desolada rodea su sillón sin atreverse a proferir una palabra. De pronto uno de sus ayudantes, que tiene la vista fija en sus pies, exclama:
—¡Pero, mi general, si lleva usted las botas cambiadas!
En efecto; el general se descalza, pone las botas en su sitio, y se siente de nuevo feliz y triunfante.
A todos los hombres nos pasa en la vida algunas veces lo que a este general. Cualquier circunstancia adversa nos abate, nos sume en la desesperación o en el tedio. Pero cambiamos de postura, nos vamos a otro lugar, hablamos con un amigo que nos demuestra que nuestra desgracia es pura aprensión, depende de la fantasía, y repentinamente el tedio se disipa, y nos encontramos otra vez satisfechos y activos.
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