«¡Oh dulce Niño! ¡Oh Madre feliz! ¡Cómo se regocija ella en Él y Él en ella! ¡Qué voluptuosidad despertaría en mí esta noble imagen, pobre y todo como soy, si no me fuera preciso mantenerme frente a ella piadosamente como el santo José!»
Así exclama Goethe, en hermosos versos, ante un cuadro de la Santa Familia.
«¡Oh dulce niño! ¡Oh madre feliz! ¡Cuán poco significaríais para mí si no fueseis más que la hembra que da de mamar a su cachorro; si no hubiese algo de divino en vosotros!»
Así exclamaría yo, que soy infinitamente más pobrecito, ante una familia que no es la Santa.
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Díme, amigo; si reniegas de Dios y del alma, ¿a qué te ha sabido el beso que te dió tu madre al morir?
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El arte es la forma más noble de vivir para sí. Por eso, ni aun el arte puede darnos la dicha.
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En un estado de egoísmo completo no puede existir el arte. En un estado de abnegación absoluta, tampoco. El arte refleja el estado de transición entre la ausencia y la presencia de la ley moral, las interesantes peripecias de la lucha entre el ángel y la bestia que en el hombre coexisten.