»Al oir mi respuesta aquel hombre no pronunció una palabra; pero me dirigió una mirada..., ¡qué mirada, amigo Jiménez! Yo sentí algo, aquí dentro del pecho, muy extraño. El sargento instantáneamente apoyó el cañón del fusil sobre su frente, y le deshizo la cabeza. Fué tan rápida su acción, que, aunque yo quisiera, no habría podido volver sobre mi resolución. ¿Volvería si me hubiese dado tiempo para ello? No lo sé. De un lado, la excitación que produce la lucha, por otro, el deber de no flaquear delante de los inferiores, me habrían obligado quizás a mantenerla. Lo único que puedo decirle es que, después de muerto aquel hombre, me sentí profundamente triste. Olvidé por completo el incidente mientras duró la guerra; pero al volver a España empecé a recordarlo, y siempre con vivo malestar. Transcurren los años, y cuanto más viejo me hago, con más persistencia lo recuerdo. Temo, en verdad, que llegue el día en que no pueda apartar de mí los ojos de aquel hombre.

Guardó silencio el coronel unos instantes, sacudió la ceniza del cigarro, y añadió después con leve entonación colérica:

—Todo esto es pueril, no hay que dudarlo, y me lo repito cien veces al día. Los hombres no podemos ahuyentar jamás por completo los fantasmas con que nos han hecho miedo en nuestra infancia... Porque, en último resultado, ¿qué tenía yo que ver con aquel hombre? Él y yo no éramos otra cosa que una agregación de átomos, y luego de células, que, por leyes mecánicas y fatales, se unen para formar un organismo. Las fuerzas que a ello han contribuído son eternas, y en el tiempo infinito han formado otros seres más rudimentarios y los formarán más perfectos. ¿Qué importa que aquel hombre muera, ni que muera yo, ni que muramos todos? La hormiga que aplastamos con el pie en el camino es una maravilla de perfección también. El mismo trabajo le ha costado a la Naturaleza formar una hormiga que un vertebrado superior; esto es, ninguno. Y, sin embargo, aplasta usted una hormiga, y ninguna emoción experimenta, corta usted la cabeza de un vertebrado superior, de un ave o de un mamífero, y ya comienza usted a sentir cierto sacudimiento nervioso vecino del remordimiento. Pero mata usted voluntariamente al vertebrado llamado hombre y la tristeza, más tarde o más temprano, se apodera de usted y no le deja ya en toda la vida. Se invoca la ley de la solidaridad, es cierto. Damos un puntapié a un perro, chilla, y los demás se ponen a ladrar. Pero esta emoción tiene por causa el miedo, no el afecto o la compasión. Lo mismo aúllan si ven alzado el palo sobre ellos. Se dirá que en el remordimiento interviene también el miedo a los castigos de la vida futura. ¿Y el que está perfecta, absolutamente persuadido, como yo, de que no existe vida futura? ¿Verdad que es extraño, amigo Jiménez?

—En efecto, es un poco extraño.

LAS LEYES INMUTABLES