—Dios no la ha hecho más débil ni de cuerpo ni de alma; han sido ustedes.
—¡Nosotros!—exclamó don Sinibaldo, en el colmo de la estupefacción.
—¡Sí, ustedes!... Dirija usted una mirada al mundo de la animalidad, del cual, según se afirma, proceden, los seres humanos, cosa que yo no discuto ahora. Si la subordinación de la hembra al macho fuese una ley universal y esencial a la separación de los sexos, en este mundo debiéramos encontrarla. Nada de eso acontece. En un gran número de especies animales la hembra es superior al macho por el tamaño y por la fuerza, en otras es igual, en otras inferior, pero en ninguna el macho considera a la hembra como subordinada, sino que viven en un estado de perfecta igualdad. Las hembras no son oprimidas y maltratadas sistemáticamente; al contrario, los machos las ayudan, las protegen cuando necesitan protección, las respetan, las miman y las seducen, no por la fuerza, sino por la estética.
—Sin embargo, considere usted, mi buena amiga—manifestó el señor de la Puente—, que apenas aparece en la tierra la Humanidad, se inicia esta subordinación.
—Tampoco es exacto. Tratándose de tiempos prehistóricos, necesitamos atenernos a las conjeturas. Pues bien, de lo que acaece en el mundo animal podemos conjeturar que en la Humanidad primitiva, tan próxima a él, debiera pasar algo semejante. La mujer primitiva, por la agilidad y por la fuerza no debiera ceder mucho al hombre.
—Y, entonces, ¿cómo explica usted su inferioridad actual?
—No es otra cosa que una consecuencia de la guerra. Mientras los hombres vivieron en paz...
—Pero ¿cree usted, señora, que los hombres vivieron alguna vez en paz?—pregunté yo.
—Sí que lo creo. Para mí ha existido en la historia del género humano un largo período de inocencia y de paz. Las tradiciones de todos los pueblos y el testimonio de nuestras Santas Escrituras así nos lo asegura. El hombre ha comenzado por ser fructífero, y los animales fructíferos no se pelean. Además, si, como la ciencia antropológica afirma, la ontogenia no es otra cosa que un resumen de la philogenia, el género humano debió de haber atravesado un largo período de infancia.
—¡Bravo!, ¡bravo!—gritó Pareja batiendo las palmas—. Me siento inundado de gozo al ver que nuestra ilustre amiga, a la par que a las musas, rinde culto a la ciencia contemporánea. Permítame, sin embargo, hacerle observar que el período de infancia es un período de iniciación, y, por tanto, deficiente e incompleto.