—Ignoro si es causa o efecto, pero son dos fenómenos correlativos.

—Voy a demostrarle a usted que no son tan correlativos.

La poetisa se alzó con algún trabajo de su butaca, fué derecha a una de las bibliotecas, sacó de allí un folleto, y, después de sentarse de nuevo, se caló las gafas y comenzó a hojearlo.

—Aquí tiene usted los últimos datos respecto al peso cerebral; el del gato, veintiocho gramos; el del perro, ochenta; la oveja, ciento veinte; el león, doscientos cincuenta; el gorila, cuatrocientos; el buey, quinientos; el caballo, seiscientos cincuenta; el hombre, mil trescientos sesenta; la ballena, dos mil ochocientos; el elefante, cuatro mil seiscientos... ¡Me parece que estos datos no necesitan comentarios!

—Observe usted, querida amiga, que no es en absoluto el peso del cerebro lo que determina la capacidad intelectual, sino más bien la riqueza de sus circunvoluciones.

—Tampoco es un criterio exacto. Cierto que, en general, el cerebro de los animales superiores presenta más circunvoluciones que el de los inferiores; pero existen algunos de inteligencia notable, como el castor, que tienen un cerebro absolutamente liso, sin circunvolución alguna... ¡Y el del elefante presenta más circunvoluciones que el nuestro!

—Tiene razón doña Carmen. ¿Qué nos importan esas circunvoluciones?—exclamó el conde—. La mujer se puede pasar muy bien sin ellas. Usted, amigo Pareja, creería una desgracia irreparable si perdiese algunas; pero yo, cuando amo y admiro a una mujer, no intento averiguar el número de sus circunvoluciones. Es un asunto que no me concierne.

Doña Carmen reprimió un gesto de desagrado que aquella insolente ayuda le produjo, y continuó, dirigiéndose a Pareja:

—Demos por sentada esa inferioridad. ¿Qué implica para el acto de juzgar de la bondad o de la maldad de las acciones? Cuando forman ustedes la lista de jurados, ¿escogen ustedes en una ciudad los hombres más sabios y más inteligentes? Los llaman ustedes a todos por igual, y puede acaecer, y de hecho acaece muchas veces, que un tribunal se componga de hombres zafios y majaderos... Y quien dice un tribunal, dice también un parlamento.

—¿Cómo?, ¿cómo?—exclamó don Sinibaldo—. Va usted demasiado lejos, Carmita.