—¡Eh, niña, cuidado con tocar a las flores, porque te llevaré a la Dirección y te encerraré en el calabozo!
La niña quedó pálida, yerta. ¡Virgen de Atocha! ¡La Dirección, el calabozo! ¡Y no ver más a su mamá, ni a Melita, ni a Chichí!... Afortunadamente, llegó corriendo la Pepa, su vieja ama seca, que la zarandeó por un brazo.
—¡Angelina! ¿Qué es lo que has hecho? ¡Tonta, retonta, atrevida! ¿No sabes que las flores no se tocan?...
Indudablemente, ni aquel guarda tan feo ni la Pepa sabían una palabra de jardinería, porque su mamá cortaba a menudo las hojas de las flores de la terraza.
Se alejó el guarda descontento, se alejó la Pepa descontenta, y ella se quedó descontenta también. Pero no tardó en contentarse. Olvidó instantáneamente su crimen, y deplorando, como es justo, la falta de instrucción agrícola de ciertas personas, prosiguió inspeccionando las últimas plantaciones del Municipio, dejando a sus tijeritas inactivas.
Un poco más lejos había un grupo de chicos, ninguno de los cuales pasaría de los diez años, que se ocupaban ardorosamente en inflar un globo de pequeñas dimensiones. Lo habían suspendido a la rama de un árbol, y quemaban papeles que introducían en él hasta que se consumían, y volvían a introducir otros, y así sucesivamente. ¡Qué frívola ocupación!, ¡qué niñería! Angelina, desde lo alto de sus facultades estéticas, les dirigía una que otra mirada de lástima.
Entre aquellos soplaglobos, el que más se fatigaba y el que parecía dirigir la operación, era un niño de robusta complexión, con grandes ojos negros y fieros, cabellos negros también que le caían en rizos sobre su frente sudorosa, y vestido con traje marinero. Por sus ademanes imperiosos, por sus miradas terribles, por su gravedad, era un déspota oriental en miniatura. Los demás le obedecían sin replicar.
Angelina, siempre inspeccionando sus flores, acertó a pasar cerca de ellos. Uno la miró con el rabillo del ojo, sonrió y dijo algunas palabras al oído del que tenía más cerca, que también sonrió y habló al oído del de más allá. Todos suspenden sus trabajos y contemplan sonrientes a la pequeña hada del jardín. Es decir, todos, no: el caudillo de la tribu le clavó una mirada altiva, e inmediatamente la apartó para continuar su tarea.
Angelina sintió sobre su frente el peso de aquellas miradas burlonas, y se ruborizó.
Pero ¿qué es lo que se dicen?, ¿qué es lo que proyectan aquellos revoltosos? Angelina no lo sabe, pero observa que se hablan sin dejar de mirarla, y adivina que se urde una trama contra su persona. Echa una mirada inquieta en torno suyo, y advierte con espanto que la Pepa se halla muy lejos y distraída en conversación con otras domésticas. Todo podía esperarse de aquellos seres primitivos, en los cuales apuntaba solamente el alba de la conciencia ética.