Morlesín, rojo y hasta ultrarrojo de placer, me dió una explicación acabada de estos fenómenos. El éter lumínico, substancia imponderable e infinitamente elástica que llena los espacios interestelares, penetra en todos los cuerpos, rodea los átomos, que nadan en él como nuestra tierra nada en la atmósfera. Las vibraciones de este éter son la causa de la luz y del calor. Estas vibraciones u ondulaciones del éter difieren en el período de duración. Las más cortas son las ultravioletas, que se llaman también rayos químicos, porque su rapidez las hace más aptas para la descomposición de los cuerpos; las más largas, las ultrarrojas, generadoras del calor. Pues la causa de la opacidad o transparencia de los cuerpos para unas u otras ondas consiste en que el movimiento de estas ondas coincida o no con el movimiento de los átomos. Si el período de vibración de una onda coincide con el período de vibración de los átomos que componen un cuerpo, los dos movimientos se acumulan, y el cuerpo absorbe aquella onda, o, lo que es igual, resulta opaco para ella. En cambio, dejará pasar libremente las otras.
Mediavilla, que había escuchado con sonrisa burlona la disertación de su fámulo, exclamó:
—Ya ve usted que el amigo Morlesín habla de las cosas que pasan ahí dentro como si fuese un gnomo testigo de todas las operaciones misteriosas de la madre Naturaleza.
Morlesín dió las gracias ruborizado. El doctor me echó el brazo por la espalda y me llevó de nuevo a su gabinete.
—Acaba usted de presenciar un experimento de física—me dijo—. ¿Quiere usted ver este mismo experimento transportado al mundo psíquico?...
—No entiendo...
—Sí; esta misma filtración de las ondas lumínicas al través de los cuerpos, voy a hacérsela a usted ver al través de las almas.
Le miré con estupefacción, sin comprender. Mediavilla, sin explicarse más, se acercó a un aparato telefónico que tenía cerca de la mesa y llamó a su casa.
—¿Está la señorita Luisa?—preguntó al criado—. ¿Sí?... Pues dile que, si no le sirve de molestia, tenga la bondad de subir un momento.
—Es mi hija mayor—dijo colgando el auditivo—. Tiene veintidós años. Será la redoma al través de la cual vamos a filtrar la luz de esta lámpara.