Paseé atónito la mirada por ella, y creí encontrarme en el escritorio de algún honrado almacenista de la calle de Toledo.
Pero salió Rojas del gabinete contiguo, y aquel pensamiento tétrico se desvaneció. No que apareciese vestido con gregüescos acuchillados, valona y sombrero de plumas; todo lo contrario. Vestía el poeta un chaquetón de color indefinible, gorra de paño y zapatillas suizas. Pero estos prosaicos atavíos quedaban ennoblecidos y sublimados por aquella cabeza de bardo medioeval que la naturaleza, secundada por el arte, habían asignado al poeta Rojas.
Nos acogió con exagerada alegría, abrazó a mi amigo Aldama estrechamente, y le dedicó una porción de piropos a propósito de sus últimos artículos en El Imparcial, de sus versos, de su elegante gabán y de su vistosa corbata. Porque el poeta Rojas había nacido para esparcir piropos por doquier, y cuando no podía echárselos a una náyade o a una ondina, se los echaba al primero que llamaba a su puerta.
Yo me sentía cohibido a pesar de todo, porque pensaba en las octavas reales y en los romances inimitables que aquel hombre del chaquetón y de la gorra había hecho. Poco a poco, sin embargo, los fuí olvidando, entré en confianza y perdí el miedo, de tal manera, que a la media hora de estar allí, sólo faltaba que le llamase Luisillo y le posase la mano sobre el hombro.
Pero él se encargó de recordármelos y anonadarme y volverme a la tímida admiración de mi adolescencia. Instado por Aldama, comenzó a recitarnos la leyenda de El encapuchado con una maestría en la dicción, con tal voz insinuante y armoniosa, que no podré olvidarlo mientras viva.
Aún no se hallaba a la mitad de la leyenda cuando hizo irrupción en la estancia una señora con los cabellos grises, más bien gruesa que delgada, más bien baja que alta, que debió ser hermosa en su tiempo. Nos hizo un saludo afectuoso inclinando la cabeza, y, pidiéndonos perdón al mismo tiempo, se encaró con el poeta, diciéndole:
—La Juanita se acaba de ir. Ha venido a decirme que aquella cocinera de que me ha hablado ya está colocada.
—Y ¿qué le vamos a hacer, hija?
—Es una verdadera contrariedad, porque, al parecer, era lo que nos convenía. Yo lo siento por ti.
—Pues no lo sientas; ya nos arreglaremos sin ella—repuso alegremente Rojas.