Bajé a la calle, y me puse a dar vueltas por los bulevares como el azotacalles más desocupado que hubiese en aquel momento en París. Mi actitud era la del que repentinamente vuelve la espalda a todos los deberes sociales, una actitud insolente, agresiva, una mirada que decía a los que cruzaban: «A mí, ¿qué?»

Sin embargo, el remordimiento bullía sofocado en mi alma, como un pájaro a quien se aprieta en la mano.

Entré en un café y pedí un ajenjo. ¿En qué otra bebida podía ahogar mejor mi amargura?

Por contraste, en una mesa contigua bebía leche a menudos sorbos, mojando de vez en cuando bizcochitos en ella, una linda francesita de nariz remangada, de frente estrecha, de ojos picarescos. A su lado había dos hombres canosos, uno de los cuales debía de ser su padre, a juzgar por el parecido que con ella guardaba. Los viejos charlaban animadamente sobre asuntos industriales. La niña se aburría horriblemente.

Ahora bien, cuando una francesita de nariz remangada se aburre, es capaz de mirar con interés a un esqueleto, si el esqueleto pertenece al sexo masculino. Por eso me miró a mí, que, a Dios gracias, aún no lo era.

Me sentí de pronto inflamado, pronto a morir por ella. Mi corazón, cerrado tantos días por la angustia y la impaciencia, se abrió como el cáliz de una flor al rayo de sol de la mañana. Algo extraño me corrió por la sangre, y todas mis tristezas huyeron, unas por la puerta, otras por la ventana, como diablos perseguidos con agua bendita.

Eran sus ojos quienes la esparcían, sus ojos dulces, rientes, en los cuales bebía gota a gota el néctar del amor. Discretamente los míos cantaban sus alabanzas, la ilusión de sus cabellos ondeados, la blancura de su rostro, el encanto de sus labios, la gracia picante de su naricita remangada. ¡Qué inteligencia animaba aquel semblante divino! Era perfecta, y ella lo sabía.

Pero no abusaba de su perfección. Satisfecha de sus ojos, de sus cabellos, de su naricita, entregaba todo ello a la admiración del extranjero, y se ingeniaba para hacerle feliz.

Posaba los labios en el borde del vaso, y, alzando al mismo tiempo sus ojos, me decía con ellos: «Ya sé, joven extranjero, que te complacería aplicar la boca a este mismo sitio para saber mis dulces secretos. No es mía la culpa si no puedes hacerlo.» Otras veces se aliñaba ligeramente los cabellos. «También sé que serías feliz jugando con estos rizos dorados, de los cuales vive en este momento suspendido tu corazón.» Otras, en fin, extendía su manecita blanca y delicada como un capullo de rosa, y la colocaba sobre el respaldo de una silla, muy cerquita de mí. «Te agradaría besar esta mano breve y tersa, ¿verdad? Pues bésala, joven extranjero, bésala con el pensamiento, ya que no puedes con los labios.»

Y yo la besaba obediente, la besaba una y otra vez con ardor, hasta que ella la retiraba al cabo, levemente ruborizada.