—¿Pero quién ha hecho eso?—preguntó doña Martina.

—Enrique y Miguel.

—¡Se habrá visto muchacho más cerdo!—exclamó, dando la vuelta a la mesa para acercarse al primero.

Y luego que se hubo acercado le arrimó un par de bofetadas que se oyeron en la cocina, y sobre éste otro par, y otro después, y así sucesivamente, hasta que D. Bernardo exclamó en voz alta e imperiosa:

—¡Mujer!

Doña Martina suspendió la corrección y volvió los ojos a su esposo con sorpresa.

—Observa—dijo éste bajando la voz y señalando al coronel—que hay personas delante...

—Dispénseme V., coronel—manifestó la señora sofocada aún por la ira;—pero no lo puedo remediar... ¡Este hijo con sus cochinerías me quita la vida!

El hijo, en tanto, daba tales gritos, que no diré en la cocina, sino en toda la vecindad debieran oírse perfectamente.

Se había levantado de la silla, y en el colmo del furor pegaba allá en un rincón patadas horrendas en el suelo.