—Aunque fueses feo, siempre quedarías como hombre agradable e ingenioso.
—Muchas gracias... pero no trago el anzuelo.
—Dime entonces tu nombre.
—¿Para qué?... no me conoces... me llamo Juan Fernández.
—Eso no es verdad.
Ambos quedaron silenciosos unos instantes. La generala estaba un poco despechada de la obstinación de Miguel: quería advertir en ella cierta indiferencia disfrazada con el velo del temor. La conversación la había animado también.
—Hace ya demasiado fresco y voy a retirarme—dijo en tono más grave; y después de una pausa, añadió con afectada desenvoltura:—¿Conque te resignas a ser mi adorador en secreto?
—Sí.
—No te envidio el papel; debe de ser poco divertido.
—¡Oh, es tristísimo! Pero le prefiero al de amante desdeñado.