Pero Miguel estaba realmente interesado en la aventura, aunque no tanto como decía en su carta: esta contestación no hizo más que excitarle. Detrás de aquel «olvida ese capricho y quiéreme como una segunda madre, pues lo soy tuya por la edad y por el cariño que desde niño te profeso,» adivinaba que la generala deseaba que insistiese, y que entendía y alcanzaba mejor aún que él lo interesante de aquella aventura. Si no, ¿por qué había dejado caer la camelia encarnada?—Replicó, pues, empleando una retórica más fogosa aún, describiendo su amor y sus sufrimientos, procurando conmoverla por todos los medios imaginables. Cruzáronse después algunas otras cartas: Miguel pedía una entrevista para desahogar siquiera su corazón, «aunque después le despreciase.» Lucía se negaba a darla, considerándola inútil y aun perjudicial para ambos. Insistió el joven cada vez con más afán. La generala cedió al cabo «por compasión, porque temía que hiciese una locura,» citándole para el día siguiente. Miguel debía pasear a pie y por la tarde hacia la Casa de Campo, y tropezar casualmente con el carruaje de Lucía: ésta mandaría parar y entablarían conversación, hasta que a la postre le invitaría a subir y dar con ella un paseo.
Así se realizó punto por punto. Miguel acudió a la cita lleno de emoción, tanto más, cuanto que Lucía había sabido darla un atractivo especial con aquel misterio. Si le hubiera recibido lisa y llanamente en su casa, no sentiría la mitad del deleite.
—Adiós, Miguelito... Pare V., Juan... ¿Cómo tan solo por aquí, querido? ¿Te dedicas a meditar por estas soledades?
—Phs... huyendo de la noria de la Castellana... ¿Y V., generala? ¿Le gusta a V. también la filosofía?
—Por haber filosofado en casa es por lo que vengo aquí—dijo riendo.—Me duele un poco la cabeza, y temía marearme en la Castellana... Pero súbete, y darás una vuelta conmigo: después te dejaré donde quieras.
Todo fue dicho en voz alta para que lo oyesen el cochero y el lacayo. Sin embargo, cuando éste, lleno de sumisión, inclinándose con el sombrero en la mano, abrió la portezuela, brillaban sus ojos con maliciosa expresión: al subir al pescante dio un pellizco significativo a su compañero, y ambos rieron groseramente sin osar decirse lo que pensaban, por temor de ser escuchados.
Al verse solo y mano a mano con Lucía en el carruaje, Miguel perdió la serenidad: no supo por lo pronto más que continuar la conversación empezada, hablando de su afición al campo y del placer que tendría en pasear largo todos los días; pero la vida de Madrid, las visitas, la moda... estaba cortado, aturdido; no sabía por dónde empezar. La generala, afectando también confusión y vergüenza, le observaba, sin embargo, sometiéndole a un atento examen, del cual, en realidad, no salió mal librado. Miguel, aunque no era buen mozo, poseía una figura delicada y un rostro gracioso y expresivo.
Al fin se vio ella precisada a tomar la iniciativa.
—Vamos, ya has conseguido lo que con tanto afán pedías. ¿Estás contento?
—¡Oh, sí!