Nuevo y mayor asombro del niño, que le mira con ojos estáticos.

—¿Es algún hermano o pariente de tu madre?

—Es albañil.

—¡Ah, es albañil!—Y comprendiendo que no sacaría más en limpio, Miguel tomó otro rumbo.

—¿Y ganáis todos los días los cinco reales?

—Algunos días no.

—¿Y qué os sucede cuando no los ganáis?

El niño vaciló un instante, y después hizo con su manecita un ademán de vapuleo muy expresivo.

Miguel conmovido guardó silencio.

En la esquina de la calle del Tribulete despidieron el coche; los chicos sin vacilar fueron derechos a la puerta de una casa vieja y sucia; el mayor se volvió de espaldas y dio con los tacones de sus zapatos rotos algunos golpes; al poco rato abrió una vieja, que dejó escapar al verlos un gruñido nada pacífico; pero su mal humor se convirtió en sorpresa al observar que Hojeda y Miguel atravesaban el portal y seguían a los muchachos; éstos subían decididos la escalera, como hormigas que entran en su guarida; Miguel sacó un fósforo, porque la vieja portera se había retirado con la luz. Subieron hasta la guardilla; los niños se detuvieron delante de una puertecita.