—¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte así? ¿Te ha visto tu padre?
—No: me he ido a vestir a casa de un amigo: tengo allí el traje...
—Pues si te ve, de fijo le da un ataque. ¿Y a qué asunto te has vestido hoy de chulo?
—¡Toma! ¿no sabes que se abre la temporada?
—¡Ah! ¿hoy hay toros? ¿Mata el Cigarrero?
—¡Ya lo creo!: después de quince años que no pisa la plaza de Madrid. A eso venía, a ver si quieres ir conmigo.
—Hombre—dijo indeciso,—no soy muy aficionado a los toros; pero el Cigarrero me ha sido simpático... ¿Me traes localidad?
—Te traigo la contrabarrera de un amigo que está enfermo. A mi lado ya sabes que no puedes ponerte, porque todas las barreras están abonadas; pero estamos cerca.
—¡Ay, llévame, Miguel!—exclamó Julita saltándole al cuello.—Llévame a los toros.
—¿Tienes deseo?