—No lo dudo, no lo dudo—murmuró el gigante sin apartar los ojos del plato.
—Y si no lo duda V., picaronazo, ¿por qué no sigue V. el ejemplo de mi cuñado?
—Señora, no me siento aún preparado.
Doña Martina soltó una carcajada estrepitosa, burda, que hizo arquear levemente las cejas a D. Bernardo.
—No lo estará V. nunca, si Dios no pone en ello la mano, ¡que ojalá la ponga pronto!
—Esa felicidad, primero le ha de tocar a don Facundo que a mí—murmuró con voz cavernosa.
Hojeda levantó la cabeza turbado. Pocas cosas le molestaban tanto como verse aludido en este asunto de mujeres: por eso el socarrón del coronel lo hacía siempre que hallaba oportunidad.
—¡Yo!..... coronel..... ruego a V..... el matrimonio.....
—¡A buena parte va V., amigo Bembo!..... Hojeda es un egoistazo..... Más de veinte veces le he querido casar, y siempre me ha dado calabazas a la novia.
—Permítame V., Martinita—se apresuró a decir D. Facundo,—yo no he dado calabazas a nadie..... Estas son cosas muy graves, Martinita.....