—¡Morral, ladrón, gran cochino! ¡Así te ahorquen por los pies! ¿Eres tú el que recibías los toros? ¡A la cárcel con ese pillo! Señor presidente, ¿para cuándo quiere V. la Guardia civil?

Y en medio del alboroto, las naranjas, las botellas vacías y hasta algunas piedras, volaban a la plaza, y por milagro no herían al diestro. Éste avanzaba, pálido, avergonzado, hacia la presidencia. Al llegar cerca del tendido donde estaban Enrique y Miguel, una naranja certera le dio en el rostro y le sacó sangre. Enrique, que ya estaba excitado y nervioso, no pudo reprimir la indignación, y levantándose gritó a los que estaban detrás:

—¿Quién ha sido ese valiente? ¿Ese valiente sin vergüenza?

—¡Fuera el chulo sietemesino! ¡Que baile!—contestaron desde arriba.

—¿Se dirige V. a mí?—dijo uno levantándose con arrogancia.

—Me dirijo al que haya sido.

—Pues nos veremos las caras al salir.

—Se la veré a usted para escupírsela—contestó Enrique encolerizado.

—¡Fuera, fuera! ¡Que se siente ese babieca!—gritaron desde arriba.

No tuvo más remedio que hacerlo. El Cigarrero sonreía limpiándose la sangre con el pañuelo. Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que a Miguel se le apretó el corazón y estuvieron a punto de saltársele las lágrimas.