El florón está en la mano.
Siga el florón.
Siga el florón.
El corifeo hacía una señal: el coro callaba y quedaba inmóvil: si adivinaba quién tenía la sortija, éste pasaba al centro del corro, y aquél ocupaba su sitio; si no, volvía a seguir el florón su carrera. Nuestro joven gozaba con este juego, porque le trasladaba a la infancia, y acaso también porque al agitar las manos sentía el contacto de las de Maximina. Muchas veces se reía pensando: ¡Si el conde de Ríos me viera jugando al florón!
Al domingo siguiente se bailó, como el día en que él llegara había prometido a Maximina entrar en el corro si ella bailaba. La niña, confiando en esta promesa, se decidió a ello, pero el huésped no quiso cumplir la palabra, y se quedó sentado delante del estanquillo como simple espectador. La pobre Maximina, defraudada, le miraba con ojos tristes, dejando adivinar que sin él estaba allí aburrida.
—Oyes, Lolita—dijo el joven llamando a una de las pequeñas de doña Rosalía,—ve a decir a Maximina que en cuanto oscurezca un poco más, bailaré.
Maximina, al recibir la noticia, se puso alegre. Y, en efecto, cuando las sombras de la noche invadieron la plazoleta, seguro ya de no llamar la atención, el forastero se aventuró a tomar parte en el baile. No se mostró todo lo suelto y airoso que fuera de desear, por lo cual tuvo que escuchar algunas carcajadas reprimidas; pero las llevó con paciencia, y a los pocos minutos ya no se fijaba en él nadie... nadie más que Maximina, que le decía en voz baja:—«Levante V. más los brazos.»—«No salte V. tanto.» Consejos todos muy oportunos, que el joven iba siguiendo al pie de la letra. La niña estaba alegre, satisfecha: Miguel la sacaba a bailar con más frecuencia que a las otras: luego procuraba colocarse a su lado para tenerla cogida de la mano, que se complacía en apretar suavemente y acariciar. Después de bailar uno frente a otro, los jóvenes tenían la costumbre de abrazarse un instante al concluir. Miguel, aprovechando uno de estos abrazos, y a favor de la oscuridad, cogió la trenza de Maximina, que colgaba por la espalda con un lazo de seda en la punta, y la llevó a los labios.
—¿Qué hace V.?—dijo la niña volviéndose rápidamente.
—Besar la trenza de su pelo.
—¿Y por qué hace V. eso?—preguntó con sorpresa.
—Porque me gusta.
Maximina bajó los ojos y guardó silencio.