—Tengo que pedir a V. un favor, Maximina.

—¿Qué es?

—Que me dé V. un rizo de su pelo.

La chica levantó los ojos con sorpresa.

—¿Me lo dará V.?—repitió mirándola atrevidamente.

Maximina bajó los ojos haciendo una señal afirmativa.

Pero trascurrió un día y trascurrieron dos, y tres, y no daba señales de cumplir su promesa. Miguel le preguntaba por señas: ella sonreía sin contestar. Entonces el joven se hizo el enojado y evitó a su vez el encontrarse con ella. Maximina comenzó a echarle miradas tristes y tímidas, que observaba riendo interiormente. Al fin, una noche por propia iniciativa, aquélla vino a sentarse a su lado. Nuestro joven se mostró inflexible; no quiso hablar; afectó tomar una parte muy activa en los juegos de prendas. Entonces la pobre niña dijo con voz débil:

—Tome V.

Miguel no la oyó.

—Tome V.—repitió un poco más alto.