—Señorito, señorito...
—¡Eh! ¿qué hay?—dijo restregándose los ojos.
—Vamos a apagar.
—Bueno... ¿Sabe V. si está en la sala de juego el Sr. Merelo?
—Me parece que sí, señor.
Se fue hacia allá y encontró a su amigo ganando bastante dinero. Al verle entrar, Merelo le dirigió una sonrisa alegre y expansiva; bien claramente se entendía que en aquel instante no le importaba mucho que Miguel se fuese a matar. Todavía estuvo en ganancias un largo rato, hasta que viendo señales de que la suerte se torcía, levantose como jugador experto y salió de la sala abrazado a su amigo.
—¿Qué hora es, Miguelillo?
—Las cinco menos cuarto.
—¿Hay ánimo, verdad?—le preguntó abrazándole de nuevo con efusión.
—¡Sí, hombre, sí! Yo tengo ánimo y tú dinero—contestó sonriendo.