—¿De qué se trata, doña Martina, de qué se trata?—preguntaron a una voz todos.

—Señores, yo no lo sé tampoco—repuso ésta, dejando no obstante adivinar en sus ojos gozosos que lo sabía perfectamente.

—Vamos, Martinita, dígalo V.

—¡No lo sé, Hojeda, no lo sé!...

—Señores, aguardemos, ya que doña Martina no quiere decirlo—manifestó Romillo.—D. Bernardo no puede tardar mucho.

Tardó, sin embargo, más de lo que contaban; un buen cuarto de hora lo menos. Al fin se oyó en el pasillo algo como repiqueteo de armas y espuelas, y apareció en la puerta el Sr. de Rivera vestido de máscara.

Gran asombro en todos los circunstantes.

—Pero, ¿qué es eso, D. Bernardo?

—Señores—dijo éste solemnemente;—el capítulo de caballeros de la orden de San Juan de Jerusalem, me ha hecho la honra de recibirme en su seno. Aquí me tienen VV. de gran uniforme...

—Muy lindo, Rivera, muy lindo... está V. admirablemente—dijo el coronel, sin poder comprenderse bien, por la entonación, si hablaba seria o irónicamente. Lo más cierto debía ser lo último, porque D. Bernardo estaba hecho un verdadero adefesio. El uniforme era de color rojo subido. Parecía una langosta cocida; y para que la semejanza fuese más notable, la muchedumbre de cordones y correas que le envolvían remedaban bastante bien las antenas de aquel animalucho. Un espadón disforme le colgaba de la cintura; el tricornio estaba adornado con plumas.