—¡Chiquillo! ¡Tontuelo! ¡Ponerme a mí en berlina de esta manera!... ¡Vaya un modo decente de corresponder a mis condescendencias!... Nada, si con estos chicos es mejor ser malo que bueno... ya me voy convenciendo de eso... ¡El palo, el palo... esto es lo único que respetan!... ¿A que no harías esto con tu tío Bernardo si él se hubiese encargado de ti?... ¡Hombre, me parece que si fueses hijo mío te rompía el trasero a azotes en este momento!
Miguel aguantó el chubasco con la cabeza baja y sin chistar. Y ya que se hubo bien desahogado tío Manolo se marchó dando un gran portazo.
Pero al otro día vino tan risueño como si tal cosa, salieron juntos a paseo y por la noche le llevó al cuarto de la Albini. Todavía disfrutó el hijo del brigadier otros cuatro o cinco días de vida regalona, porque su tío no volvió a acordarse de mandarle estudiar más que del santo de su nombre; al cabo llegó carta de Sevilla anunciando la salida del brigadier y su nueva esposa, y las cosas tomaron repentinamente un aspecto más serio. Por convenio expreso entre ambos, Miguel había de ir por la mañana a buscar a su tío con la carretela, y desde la fonda irían a esperar a los viajeros.
Cuando subió a la fonda a eso de las siete, tío Manolo comenzaba a aderezarse, en cuya grave y prolija ocupación no gustaba de que nadie le turbase. Sin embargo, Miguel logró entrar en el cuarto y se sentó respetuosamente en una silla a esperar que se diese por terminada. El negocio no era tan fácil y expedito como a primera vista parecía: el Sr. de Rivera había sido siempre extremadamente escrupuloso en el lavado, planchado y demás artes decorativas; gustaba asimismo de que todas las prendas que usaba le viniesen como anillo al dedo; cualquier discrepancia en esta materia conseguía alterarle la bilis. Cuando Miguel entró estaba vivamente satisfecho porque los pantalones que estrenaba le habían salido muy bien. Dio tres o cuatro vueltecitas taconeando por el gabinete, y parándose delante del espejo, dijo:
—¿Qué tal, Miguel, te gustan estos pantalones?
Miguel no entendía casi nada, pero contestó afirmativamente.
—Yo creo—manifestó Rivera con voz conmovida—que son los que mejor me ha sacado Utrilla hasta ahora... Y el género es muy rico... inglés legítimo... tócalo, haz el favor de tocarlo...
Miguel le dio un pellizquito al paño y dijo que sí, que era bueno.
—¡Doce duros, amiguito!—Y viendo que el sobrino le miraba sin comprender, repitió:
—Que me han costado doce duros como doce soles... Pero chico, qué quieres, cuando las cosas salen bien, doy por bien empleado el dinero... Lo triste es darlo cuando salen mal... ¡La verdad, se ha portado el amigo Utrilla! Y que no hay otro pantalón en Madrid igual... Es el único que ha venido de este dibujo...