La niña volvió a tirarle de los pelos y a sobarle la cara en fe de eterno cariño.

—¿A quién quieres más, a mí o a Tita?

—Michel, Michel—dijo Julita trayéndole hacia sí y dándole un furioso puñetazo en la nuca. Y no contenta con esta clara manifestación, prosiguió con énfasis:

—Tita feya... Michel apo.

Miguel enajenado besó apasionadamente los brazos de su hermanita. Después le preguntó:

—¿Quieres que te coma?

Habiendo asentido Julita con una docena de inclinaciones de cabeza, el chico comenzó a figurar que la comía los brazos, la cara, el pecho, las piernas, en fin, toda su diminuta persona. La niña se deshacía de gozo al verse devorada de tan gentil manera.

—¿Te como más?

Claro está. Julita deseaba que la comiese hasta no dejar rastro de ella. El tigre, así que hubo terminado, descansó algunos instantes sobre la misma almohada de su víctima. Esta todavía se arrancaba la carne del pecho a puñados para ofrecérsela.

—Oyes, Julita, ¿cómo hace el gato?