Fue necesario terminar. El artista quedose un tanto mohíno viendo despreciados sus esfuerzos.
—Upa, upa—dijo la niña al cabo de un rato de silencio, tendiendo a Miguel los brazos.
—No, no te levanto, que riñe mamá.
—¡Valiente cosa me importa a mí que riña mamá!—dijo la niña; esto es, debió decirlo; en realidad no hizo más que repetir con un gesto que no daba lugar a réplica:
—¡Upa, upa!
Miguel se sometió. Cuando la tomó en brazos hallose con que estaba hecha una sopa. ¡El maldito vaso! Al pensar en su madrastra se le puso la carne de gallina. Fuese porque tal pensamiento le privara repentinamente de las fuerzas, o porque nunca las hubiera tenido muy hercúleas, es lo cierto que al sacarla de la cuna, sin saber cómo la niña se le deslizó de los brazos, y cayó dando un fuerte porrazo con la barba en la barandilla.
¡Oh Dios clemente! ¿qué pasó allí? La sangre de Julita corrió en abundancia; los gritos se oyeron en media legua a la redonda. Acudió la servidumbre, y el portero, y los vecinos, y los guardias municipales de la calle, y el médico de la casa de socorro, y la guardia del Principal, fuerza de artillería y carabineros, y lo que es aún más espantable que todo esto... acudió la brigadiera.
En la misma noche el consejo de guerra, presidido por aquélla, condenó al reo nombrado Miguel Rivera a seis años de presidio con retención, que debían purgarse en un edificio grande, feo y sucio, sito en la calle del Desengaño donde se leía con caracteres borrosos este rótulo: Colegio de 1.ª y 2.ª enseñanza bajo la advocación de Nuestra Señora de la Merced.
VI
Tan sucio era aquel caserón por dentro como por fuera; la enseñanza y el alimento que se daba correspondían muy bien con el local. El fundador y director del establecimiento era un excoronel de artillería andaluz y amigo de la familia Guevara; por eso Miguel había ido a dar allí con sus huesos. El tal coronel, llamado D. Jaime, había salido del cuerpo por un asunto de honor en que el suyo no había quedado bien parado; tuvo algunas palabras con otro oficial de ingenieros, nombráronse los padrinos, y cuando llegó la ocasión de formalizarse el desafío, nuestro D. Jaime se achicó y dio toda clase de satisfacciones; los artilleros se ofendieron mucho con esta conducta, dejaron de saludarle, y el coronel al cabo se vio obligado a pedir la absoluta. Por supuesto que los alumnos no sabían palabra de todo esto; antes se tenían formada, de la braveza y esfuerzo de su director, una idea superior a toda hipérbole; no había en el colegio quien no le tuviese por más áspero y belicoso que Roldán y más denodado que Oliveros de Castilla, y quien no le temblase. El propio coronel había fomentado esta opinión refiriendo a sus discípulos en los momentos en que el álgebra les dejaba algún respiro, un sin número de hazañas portentosas y aventuras sangrientas llevadas a término por su mano, o en cuya ejecución, por lo menos, había tenido parte muy lucida. Además, cuando se incomodaba, y era muy a menudo, acostumbraba a desafiar al muchacho delincuente, y no sólo a él, sino también a toda la cátedra y al colegio entero lo mismo que hizo el Cid con el pueblo de Zamora.—«¡Hombre, tendría gracia que uztede ze burlasen de mí!... Nada, zeñore, el que quiera reírze que lo diga francamente. Lo hombre han de zer hombre siempre. ¡Que lo diga y le daré una piztola para que nos peguemo un tiro! ¡Y zi viene el papá, ze lo pego al papá, canazto! ¡Y zi viene el hermano, ze lo pego al hermanito! ¡Y zi viene el abuelito, al abuelito! ¿Eztamo?» Los chicos quedaban petrificados de terror.