VII

Aquel chico gordo, rubio y tan espigado que aporreó al hijo del brigadier, tenía un nombre sonoro y aristocrático, Pedro Mendoza y Pimentel. Era en el fondo un muchacho excelente, tranquilo, amable, inofensivo: si había cometido aquella vileza fue solamente por instigación de la planchadora. A los pocos días, arrepentido sin duda, procuró hacer las paces con Miguel; éste, que no era rencoroso, le perdonó fácilmente y le aceptó por amigo: en poco tiempo llegaron a ser íntimos. No poco contribuyó a estrechar esta amistad por parte de nuestro héroe la ojeriza injustificada que el cura había tomado a Mendoza, y que le hacía padecer bastante. Mendoza era en la clase de don Juan el blanco de todos sus donaires y el hazme reír de los chicos. Llamábale alternativamente brutandor o parisiense; el primer mote, como la palabra misma indica, porque le tenía por el mayor majadero que comía pan; el segundo, porque era muy pulcro, aficionado a vestir a la moda y a llevar esencias en el pañuelo. Aquella vaya continua, aquel martilleo, parecíale muy pesado a Miguel. El pobre Mendoza no hacía en clase nada que no fuese tuerto; en todo hallaba motivos el cura para soltar una cuchufleta o un sarcasmo que hacía prorrumpir en carcajadas a los alumnos: cuando le sacaba al medio para traducir, ya sabían todos que había jarana para rato.

La verdad es que el pobre Mendoza no era de los más despiertos, pero no se podía negar que estudiaba y trataba de cumplir con su deber, y que solamente por capricho o por algún sentimiento menos digno, el cura se ensañaba con él. Miguel le compadecía de veras: si carecía de inteligencia para aprender y explicar bien las lecciones, la culpa no era suya. Así que, cedió en seguida al ruego que le hizo, poco tiempo después de trabar amistad con él, de estudiar juntos y ayudarse a «sacar las composiciones.» Y como Miguel era de comprensión rápida y expedita, aunque un poco aturdido, no fue pequeño el servicio que le prestó; tanto, que al verle traducir con más facilidad y al examinar sus temas mejor concertados, el cura no salía de su asombro: «¡Brutandor, parece que la Providencia ha querido al fin mandarte un rayo de sentido común; alabada sea ella!» El capellán, aunque presumía de perspicaz, no dio en la razón de este favorable cambio hasta pasados algunos meses; cuando al fin averiguó que las composiciones y las traducciones se sacaban con ayuda de vecinos, no quisiera equivocarme, pero tuvo un verdadero alegrón, porque veía confirmado su juicio: «¡Hola! ¿conque Bullita se ha dignado tenderte su mano protectora? ¡Oh generoso niño!... Ven aquí, Bullita... declíname generoso puer.......... y tú, Brutandor, declíname asinus.......... a un tiempo.» Y en verlos ir declinando a voces formando algarabía holgábase D. Juan y se divertía la clase.

Este capellán era un hombre bastante original. Miguel tuvo ocasión de conocerle muy bien, porque le mostró predilección desde el principio, aunque no dejaba por eso de castigarle duramente y a menudo; en los últimos años de la segunda enseñanza llegó a ser su favorito, y hasta le trajo a dormir a su mismo cuarto; le hizo algunas confidencias, y gustaba de charlar con él, o, más propiamente, murmurar del personal del colegio, lo mismo del masculino que del femenino. Tenía un amor propio exagerado; presumía de todo lo que un hombre puede presumir, hasta de guapo, pero muy singularmente de forzudo, aunque no lo era gran cosa. Nada había que le placiese tanto como enseñar los músculos del brazo y los tendones, y ponerlos contraídos y tiesos. Los demás eran hombres afeminados por los vicios; sólo conservándose puro como él, no bebiendo más que agua, no tomando café y huyendo de las porcuzas (las mujeres), se podía llegar a tal robustez, energía, ánimo y hermosura.

No obstante el cariño que Miguel tenía a su amigo Mendoza, no dejaba de jugarle algunas pasadas. Había notado que el capellán era muy aficionado a las palabras terminadas en amen, emen, imen, omen y umen, y que experimentaba cierto deleite pronunciándolas; a cada momento decía examen, o resumen, o dictamen, y a veces traía poco apropósito algunas raras, y que no eran muy castellanas, como el velamen de los barcos, el cacumen, etc. Pues bien; preguntándole un día a Mendoza cierto punto que no traía el libro, Miguel, que estaba a su lado, le dijo rápidamente al oído: «Di que no lo trae el textumen.» El infeliz, que estaba atortolado, lo repitió sin fijarse, y..... ¡aquí fue ella! D. Juan, pensando que uno y otro se burlaban de él, les dio a entrambos una corrida de mojicones que por poco les arde el pelo. Miguel lloraba y reía a un mismo tiempo. En otra ocasión el hijo del brigadier, que dormía en la misma sala que Mendoza, se levantó por la noche, y con un pedazo de nitrato de plata que se había procurado, le pintó las manos mientras se hallaba dormido. Al día siguiente Mendoza le preguntó muy apenado lo que serían aquellas manchas. Miguel quedose grave y pensativo y le contestó:—«Mientras estén en las manos me parece que no tienen mucha importancia; pero oí decir a mi padre que si salen en la cara es muerte segura, porque manifiesta que la sangre está corrompida; un tío mío se murió de esa enfermedad.» Con estas noticias se quedó Mendoza más apenado aún. Por la noche no dejó Miguel de pintarle tres o cuatro manchas en el rostro, con lo cual, al verse por la mañana en el espejo, comenzó a dar tales gritos y a proferir tales lamentos, que acudió el director y algunos profesores. Enterados del caso y hechas las correspondientes averiguaciones, se le impuso a Miguel un severo castigo. El capellán, que sabía la amistad que ambos chicos mantenían, salió de la sala diciendo:—«Tanto quiso el diablo a su madre, que al fin le sacó los ojos.»

Sin embargo, la amistad seguía inalterable. Mendoza le perdonaba al instante estas y otras bromas, y Miguel, que no las llevaba a cabo con intención malévola, sino por el afán irresistible de reírse, le pagaba su paciencia «sacándole los significados» y metiéndole en la cabeza las lecciones. Y eso que Brutandor, según todas las señas, continuaba siendo el favorito de la planchadora; pero a Miguel ya se le había pasado aquella prematura inclinación amorosa y no se le daba un bledo por el antiguo objeto de sus ansias. Este burlaba las órdenes perentorias del director, llevando a Mendoza a su cuarto, si bien con secreto; y digo que era ella y no éste quien las burlaba, porque el muchacho nunca hubiera osado hacerlo si no fuese porque ella le obligaba. Al fin, tanto miedo tuvo de que el terrible coronel lo supiese, que con precoz sentido determinó separarse de aquel devaneo que no le convenía y no subir más al cuarto de la planchadora. Miguel le dio por ello la enhorabuena. Petra le persiguió todavía algún tiempo; pero el nuevo Teseo se hizo el sordo y la dejó abandonada. No lo estuvo mucho tiempo, sin embargo, porque el demagogo Marroquín comenzó a romper con desusada frecuencia los botones de la levita y el pantalón, y con la misma frecuencia a subir a su morada buscando remedio para tales desperfectos. Y era lo extraño, que aunque Petra era expedita y tenía la mano larga para el trabajo, nunca tardó menos de media hora en pegar un botón a Marroquín o en coserle el más insignificante siete.

Estos retrasos injustificados comenzaron a notarse en el colegio; los chicos se pusieron en observación y al instante se propalaron entre ellos mil especies, absurdas unas, verosímiles otras, pero todas graciosas. Uno decía que había visto a Marroquín por el agujero de la llave, de rodillas delante de Petra y besándola una mano lo mismo que un caballero andante; otro le había visto pellizcarla un muslo al pasar por su lado; otro le había oído decir, estando los dos asomados a un balcón:—«Petra, te amo;» otro, más serio que los demás y más digno de crédito, aseguraba que su criado había visto un domingo a Marroquín en un merendero de las Ventas del Espíritu Santo, mano a mano con la planchadora. Estas noticias volaban por el colegio y se comentaban entre risa y algazara. Pero los demás profesores, sus compañeros, no se reían; estaban indignados. Distinguíase entre todos el cura D. Juan, a quien no le faltaba más que esto para aborrecer de muerte al heterodoxo naturalista. Después que éste salía de la estancia destinada a los profesores, entregábase a furiosos comentarios y soltaba toda la bilis que tenía acumulada: «¡Barájoles, si no fuese mirando a Dios, le ponía los cinco dedos en la cara a ese puerco!... ¿Han visto ustedes nunca un hombre más rijoso?... ¡Ese hombre quema por donde pasa, barájoles!... ¡Y luego, con quién va a ensuciarse!... ¡con una porcuza!...» Este desprecio que D. Juan testimoniaba a Petra, no era sincero, según pudo convencerse más adelante Miguel; el odio a Marroquín, sí. Otro de los que expresaban con más calor su indignación era Pppsicología: propuso que se diese parte a don Jaime y que se arrojase ignominiosamente a Marroquín del colegio, y que él se comprometía a desempeñar sus clases hasta fin de curso, mediante una corta gratificación; pero los compañeros se negaron a dar este paso. Al poco tiempo, el mismo Pppsicología fue sorprendido por el inspector durmiendo la siesta con la cocinera, una mujerota fea y obesa hasta la monstruosidad, y enterado el coronel, los puso a ambos en la calle, con alegría general de los alumnos por lo que se refería a D. Benigno y con sentimiento en lo que tocaba a la cocinera, que era generosa y amable en sumo grado.

Con este suceso, que llamó extraordinariamente la atención, dejose en paz al hirsuto Marroquín, «el cual por lo menos sabía guardar las formas,» según decía D. Leandro, el tiple de San Isidro. Andando el tiempo se supo que aquél estaba enseñando a leer y escribir a Petra, que después le dio lecciones de Historia, Geografía, Aritmética, Física e Historia natural, que en seguida la hizo leer la Historia de los Papas y la Inquisición y algunos folletos materialistas, y que después de haberla separado convenientemente de toda religión positiva, la hizo su esposa «ante el altar de la propia conciencia.» Pero cuando sucedió esto ya había salido Miguel del colegio.

El carácter del hijo del brigadier nunca pudo modificarse, ni por las buenas ni por las malas; últimamente ya se había renunciado a corregirle y se le castigaba únicamente cuando las travesuras subían de punto. Todos reconocían que tenía mucha disposición y que si se aplicase sería el número uno del colegio; desgraciadamente, durante el curso estudiaba poco, y sólo al llegar el último mes apretaba de firme; pero le bastaba para sacar en el Instituto tan buenas notas como el primero. Tampoco era buen guardador de los deberes religiosos; el cura le tenía encerrado muchas veces por hincarse sólo con una rodilla en misa o pellizcar a los compañeros; durante el rosario se entretenía en comer castañas y meter las cortezas en los bolsillos de los otros, o en prolongar la ese del ora pro nobis más de la cuenta, o en cualquier otra irreverencia que solía costarle cara. Cada seis meses confesaba todo el colegio con su director espiritual, quien los preparaba previamente en el estudio de la doctrina cristiana y con un examen de conciencia colectivo; se hacía en el salón mayor del establecimiento a fin de que cupieran todos los alumnos; las ventanas se entornaban para que en la estancia hubiese una luz discreta y misteriosa que convidase al éxtasis y la meditación; cada cuál estaba sentado en una silla formando círculo en torno del cura, el cual iba leyendo por un libro los diversos pecados que en la vida pueden cometerse y explicándolos en seguida con proligidad invitándoles después a recordar si tenían que acusarse de ellos. Reinaba un silencio profundo durante algunos minutos. Volvía el cura a leer otro pecado, y así se pasaba casi toda la tarde. «Terminado el examen de conciencia—dijo una vez don Juan—el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado (el cura tendió la vista en torno, y no viendo ninguna, dijo cambiando de tono:)—A ver, Miguel, ve al oratorio y trae el crucifijo grande de madera.» Miguel se presentó en seguida con él en las manos.—«Ponte ahí de frente y levántalo.» Todos se arrodillaron frente al hijo del brigadier, que estaba de pie sosteniendo la imagen. «Terminado el examen, el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado y dirá conmigo con el mayor fervor posible: ¡Dios!...» El cura pronunció esta palabra en voz tan alta y tan lastimera, que Miguel, sin poder contenerse, soltó el trapo de la risa, cayéndole los mocos sobre las manos. Don Juan se indignó tanto, que levantándose de un salto y agarrando la vara de señalar en los mapas, arremetió con él hecho un basilisco. Fue de ver entonces a Miguel correr por la sala y brincar sobre las mesas con el Cristo en alto, perseguido de cerca por el cura, que cuando le tenía al alcance de la vara, se la arrimaba a las carnes no suavemente. Los alumnos que aún viven recordarán seguramente aquel incidente chistoso, que terminó mandando a Miguel al encierro y poniéndose otro chico en su lugar.

Al día siguiente por la mañana, iban a confesarse uno por uno al oratorio, y desde allí a comulgar a la iglesia de San Martín. El cura era muy aficionado a imponer penitencias extrañas y severas. A uno le mandó una vez que cuando sintiese tentaciones de pecar, arrimase el dedo índice a una luz hasta quemárselo, rezando después un padrenuestro: a Miguel le mandó en cierta ocasión que metiese ortigas en la cama y se acostase en cueros con ellas una noche; pero el muchacho no tuvo ánimos para cumplir esta penitencia, y a la postre el cura se vio precisado a conmutársela por otra. Mandole también en otra ocasión que cuando soltase alguna palabra obscena, besase inmediatamente la tierra: esta sí la cumplió, con no poca risa y algazara de los compañeros, pues cuando se hallaba más embebecido en el juego y se le escapaba cualquier palabra de aquéllas, se bajaba rápidamente a dar un beso en el suelo; mas él no se ruborizaba y llegó a tomarlo a risa como ellos.