—Las mamás pegan siempre más que los papás—afirmó sentenciosamente Enrique.

Miguel calló unos instantes y al fin dijo:

—Si me pegase, le pegaría a ella papá.

Enrique no quiso insistir.

En esto cruzaron el patio y entraron en la cochera. Lo que allí hicieron no es para contado y menos para descrito; un sinnúmero de travesuras, todas en manifiesta oposición con la integridad y aseo de los trajes: baste decir que a última hora entraron en la cuadra, montaron los caballos, les llenaron los pesebres de paja, les barrieron la porquería, y no satisfechos aún, tomando el cepillo y el rascador, se pusieron a sacarles el polvo (y a echárselo a sí mismos encima). Cuando se fue acercando la hora de comer, estaban ambos que daba asco mirarlos; tanto, que Enrique, el cual, como ya hemos dicho, no tenía inclinación bien determinada hacia la limpieza, quedó un momento pensativo mirándose y mirando a su primo.

—¿Sabes que estamos muy puercos, Miguel?

Éste asintió con la cabeza, mirándose y mirando a su primo también.

—Si vamos al comedor así, me da mamá una tocata... ¡Recontra qué tocata!

Miguel, con quien no había de ir el asunto, se contentó con sacudirse un poco el polvo.

—Mira, vamos al cuarto de Eulalia, al piso segundo, y allí nos podemos lavar... Yo con estas manos no voy al comedor.