Mientras Raimundo estuvo por allá, apenas se habló en la mesa, como si estuvieran todos bajo el peso de alguna grave preocupación: se esperaba su vuelta con mal disimulada impaciencia. Cuando llegó y dejó de nuevo el aparato sobre la mesa, los ojos se volvieron anhelantes hacia el jefe de la familia, quien, después de toser otras dos o tres veces, dijo solemnemente, dirigiéndose a su hijo Carlos:

—Carlitos, ten la bondad de desarmar el aparato, a fin de que sepamos, si es posible, dónde reside la falta.

Carlitos se apresuró a tomar la máquina, y con mano un poco temblorosa, comenzó a desarmarla, bajo la mirada fija y atenta de su familia. Según iba sacando las piezas, dejábalas esparcidas a granel sobre la mesa.

—¡Alto allá!—exclamó D. Bernardo extendiendo las manos.—Las distintas piezas no pueden ni deben dejarse de este modo confundidas, exponiéndonos a que después no sepamos para qué sirven. Coloquémoslas ordenadamente, a derecha e izquierda, según vayan saliendo, y no habrá más tarde dificultades.

Carlitos comenzó a alargar las piezas a su padre, y éste a colocarlas en diversos parajes de la mesa, no sin vacilar antes algún tiempo y pensar bien el pro y el contra de cada sitio.

—Esta tapadera de cristal la colocaremos aquí junto a Eulalia, ¿no es eso?... El recipiente superior lo pondremos delante de Vicente, ¿qué tal?... Bien; queda colocado... acordarse bien... queda colocado delante de Vicente... El pasador aquí a mi derecha... no olvidarse... El recipiente de la leche, ¿dónde colocaremos el recipiente de la leche?... Aguárdate un instante, hombre... lo colocaremos, si no os parece mal, aquí delante de Arturo... acordarse bien, delante de Arturo...

Una vez desarmado el aparato, Carlos principió a encajar de nuevo unas piezas con otras, con seguridad y desembarazo, como el que conoce bien el terreno que pisa. Su padre, no obstante, a quien disgustaba siempre la prisa, le atajó en seguida.

—Alto ahí, Carlos; eso no es resolver la dificultad... Hay que tomar las cosas con más calma; si no, obtendremos el mismo resultado. Antes de proceder a la colocación de una pieza cualquiera, es necesario cerciorarse si la anterior está bien colocada; esto es, si ajusta perfectamente con la otra... Nada de precipitarse... ¿A qué conduce la prisa?... ¿No tenemos sobrado tiempo?... Caminemos con cautela... ¿No es eso?...

D. Bernardo echó una mirada en torno buscando la aprobación, que todos le concedieron sin vacilar. Después, tosió dos o tres veces, en testimonio de hallarse satisfecho.

Apesar de la cautela y del espacio que Carlitos se tomó para armar la máquina, y a despecho de los graves y sensatos consejos que su padre le iba dando, y que él respetuosamente seguía, cuando de nuevo se hizo el café, salió tan malo como la vez anterior. Fue necesario apelar a la antigua maquinilla. La familia tomó el café pensativa y silenciosa. Miguel se puso a jugar con sus sobrinitas, las niñas de Eulalia. D. Bernardo se levantó al fin de la mesa, encendiendo un cigarro habano. Aunque su continente era frío y grave, como siempre, adivinábase que no estaba de buen humor: el negocio del café le había excitado un poco la bilis. Antes de salir se volvió hacia Enrique, que aún continuaba sentado, y le dijo severamente: