—¡Ya me extrañaba a mí que tú no metieses la cucharada! ¿Quién te pide a ti consejo, ni qué se me da a mí que tú lo encuentres malo o bueno?... ¡Es decir, que mamá se calla, y que esta tontuela ¡mentecata! se ha de meter siempre en mis cosas!... Yo hago lo que me parece; ¿sabes?... Me dejo las patillas o me las quito; ¿sabes?... Y tú te callas; ¿sabes?...
Nadie protestó; el mismo Valle, que era a quien correspondía poner correctivo a aquellas palabras, se las tragó; el alférez pudo seguir gritando cuanto quiso.
—¿Sabes—le dijo Miguel cuando estuvieron solos en el cuarto—que no es precisamente la dulzura lo que te caracteriza cuando tienes que dirigirte a tu hermana?
Enrique encogió los hombros en señal de desprecio.
X
El hotel de Puerto Rico, donde tío Manolo se alojaba, no era, en realidad, más que una mediana casa de huéspedes. Nada de cuanto caracteriza a los hoteles se encontraba en él; ni movimiento de criados, ni entrada y salida de viajeros y equipajes, ni ruido de ninguna clase. Lo único en que remedaba un poco la manera de ser de aquellos establecimientos, era en los números pintados (con tinta de escribir) sobre la puerta de los cuartos y en los impresos con la cuenta que a fin de mes repartía una criada entre los huéspedes. Por lo demás, éstos eran fijos y no pasaban mucho de una docena. Entre ellos, el más antiguo un Marqués diplomático retirado del servicio hacía veinte años, seco, avellanado, fruncido, sin pizca de dientes y enteramente sordo (soltero). Otro de los que llevaban más tiempo en la casa, era un mayor del Consejo de Estado, buen mozo, muy dado al aseo y a los perfumes, gastrónomo, abonado perpetuo a la ópera, animal dañino entre el bello sexo, disimulando sus cuarenta y cinco años con arte diabólico (soltero). Un ex-diputado carlista aniquilado por el reuma, viviendo de sus rentas, pasando los días húmedos en la cama, los secos en el café de la esquina, jugando al dominó, entrado ya en días, gran narrador de cuentos verdes, silencioso en todos los demás asuntos, hombre dulce y servicial (separado de su mujer). Un oficial de marina, joven, terrible discutidor de cuantos problemas o cuestiones se suscitasen, por especiales y técnicos que fuesen; todo lo sabía, todo lo analizaba, los asuntos religiosos como los financieros, lo perteneciente al orden físico y lo que tocaba al espiritual; con todo eso, hablaba poco de barcos; asistía invariablemente a los estrenos de los dramas, y emitía su opinión a gritos en los pasillos de los teatros, y después, en la mesa de la fonda (soltero). Este oficial constituía el tormento y la penitencia de un médico anciano que ya no ejercía, y que también se hospedaba en el hotel; hombre ilustrado y meticuloso, que jamás aventuraba una opinión sin haberla meditado con gran espacio. Vivía allí disfrutando de un capital que había juntado en su larga carrera profesional, procurándose, con escrúpulos de monja, cuantos goces higiénicos, cuantos cuidados y regalos puede inventar una imaginación experta y dedicada exclusivamente a tan grata tarea; los razonamientos, o por mejor decir, la charla insustancial del oficial de marina, le ponía fuera de sí, le alteraba la bilis, era su única cruz en esta vida.
—¡Pero, hombre de Dios! ¿Sabe V. por ventura obstetricia?
—¡A mí qué me importa la obstetricia! Lo que le sé a V. decir, es que una mujer puede concebir de un animal, y que está probado.
—¡Cómo ha de estar probado semejante disparate!
—Dispénseme V., D. Agustín, dispénseme V.; no es un disparate, ni mucho menos. Hay un médico alemán llamado Grotte...