No necesitó éste tirarle mucho de la lengua para averiguar sus planes. Acometido de súbito deseo de expansión, D. Manuel le abrió enteramente el pecho. Hacía tiempo que «le estaba poniendo los puntos» a Anita. El deseo de formar una familia que nunca sintiera en su vida, había concluido por enseñorearse de su alma. «Qué cosa más rara, ¿eh Miguel? Al llegar a cierta edad, todos caemos. Es una ley providencial.»—Pero a él ya no le convenía una chiquilla: necesitaba tranquilidad en casa; una mujer formal.—«Fuera de casa, todo lo que tú quieras; yo no soy un santo, y aun después de casado, no diré que alguna vez no saque la pierna por debajo de la manta... Pero el hogar... el hogar, chico, es una cosa muy sagrada.» Analizó después el carácter de Anita, un poco seco en ocasiones y hasta irritable; pero en el fondo cariñoso y expansivo como pocos; una mujer muy sensata, muy seria en todas sus cosas y de un corazón inmejorable. Cuando llegó al capítulo de los que pretendían disputarle su mano, el coronel, el ex-gobernador y el catedrático, se dibujó una sonrisa de lástima en sus labios: habló de ellos con desdén olímpico.—«Unos pobres mamarrachos, Miguel; ninguno tiene pizca de mundo ni sabe lo que es sociedad, ni se ha visto jamás en tales trotes: así que sin poderlo remediar enseñan la oreja a cada instante. Anita, que es muy lista, bien lo nota y se ríe de ellos; si no los despide de una vez es porque a todas las mujeres, hasta las más sensatas, les gusta tener una corte de adoradores... aunque sean unos tontos, ¿sabes?... Pero ya se irán cansando... ¿Has reparado los pantalones de don Ladislao el catedrático?... lo mismo que unas sayas... Anita y yo nos mirábamos y apenas podíamos contener la risa; ¡pobre señor!... El coronel no es feo, pero tampoco sabe llevar con gusto nada... ni las patillas.»

Hablando de sus proyectos y murmurando de esta suerte llegaron hasta la puerta de casa. Después de gritarle un rato, vino el sereno a abrirles y les acompañó con el farol hasta el piso principal. Allí el criado, medio dormido aún, les entregó a cada uno la llave de su cuarto y se despidieron hasta el día siguiente.

El tío Manolo, sereno, majestuoso, semejante a un dios, se fue a descansar, meditando como Ulises la muerte de los pretendientes.

XI

Desde que Miguel encargó la gestión de sus negocios al tío Manolo (y lo hizo pocos días después de haber pasado lo que acabamos de narrar), no volvió éste a sentir en su alma aquel noble impulso que le arrastraba a rendir culto a los dioses lares. Quizá juzgaba incompatible el cargo de tutor diligente con los deberes que impone el yugo matrimonial, y prefería sacrificar en provecho de su sobrino los placeres inefables con que la familia le brindaba. Verdad es, que procuró honradamente desquitarse aplicándose con laudable asiduidad a los goces propios del soltero. No le fue a la zaga en esto Miguel, estimulado con su ejemplo: ambos comenzaron a darse vida de príncipes disfrutando alegremente de los siete mil duros de renta que el brigadier había dejado; teatros, bailes, paseos, cenas a última hora, partidas de juego y de caza, noches de amor y de crápula, de todo gozó el héroe de nuestra historia en los cuatro años que siguieron a la muerte de su padre. Su inclinación al estudio sufrió notable menoscabo durante este tiempo; sin embargo, terminó la carrera con regular lucimiento. Una vez en posesión del título de abogado, no volvió a abrir un libro de derecho; los momentos que el placer le dejaba libre consagrábalos a la lectura de obras amenas, lo cual era también un placer.

Al llegar a la mayor edad le vino la idea de pedir cuentas a su tío: había observado en los últimos tiempos ciertas dificultades tocantes al numerario, que le hicieron entrar en sospechas. Las cuales tuvo el sentimiento de ver convertidas en certidumbres: su tío y él se habían gastado en los cuatro años, no sólo la renta anual de siete mil duros, sino el capital correspondiente a cincuenta mil reales que estaba colocado en acciones del Banco y papel del Estado: no le quedaban más que tres fincas urbanas.

Al saberlo tuvo un fuerte altercado con su tío, le recriminó con dureza su negligencia y le dirigió algunas palabras ásperas: el pobre D. Manuel apenas supo defenderse: quedose cortado y confundido, murmurando torpemente algunas disculpas. Cuando a Miguel se le calmaron un poco los nervios y se encontró solo en su cuarto, sintió grandes remordimientos; había obrado con poca generosidad: después de todo, la misma culpa había tenido él que su tío en el despilfarro: al recordar el semblante avergonzado y triste de aquél, sentía tanta lástima y un pesar tan profundo de haberle sin razón ofendido, que no pudo dormir en toda la noche.

La renta que le quedó era bastante para vivir con desahogo y aun con relativo lujo en Madrid. Se hizo cargo de la administración de las casas y puso orden en sus gastos, procurando, no obstante, que a su tío no le faltasen ciertos goces sin los cuales el caballero no comprendía la existencia. Y siguieron viviendo alegres y satisfechos en la mejor armonía.

La amistad de Miguel con su antiguo compañero de colegio y de posada, Mendoza, se había enfriado un poco durante los últimos años, más bien por efecto de la separación que porque hubiese mediado entre ellos motivo alguno de disgusto. Cuando se encontraban en la Universidad o en la calle se hablaban cariñosamente y paseaban juntos si Miguel no tenía cosa urgente que hacer. Algunas veces también, en días de apuro, Mendoza solía pasarse por casa de su amigo y pedirle unos cuantos duros. Por lo demás, trascurrían a veces meses enteros sin verse.

Poco después de terminar la carrera, Mendoza, que cada día era mejor mozo y se aplicaba con más ahínco a parecerlo, quiso hacer oposición a unas plazas de oficiales, vacantes en el Consejo de Estado. Antes de resolverse vino a consultarlo con Miguel, quien le animó mucho y le prometió aprovechar todas sus relaciones para conseguir lo que deseaba. Miguel frecuentaba la alta sociedad y era amigo de varios personajes políticos; se le conocía en los salones como en la Universidad por el nombre de Riverita, y era generalmente querido por su figura simpática, aunque exigua, y su trato franco y gracioso. Hizo Mendoza al fin su ejercicio de preguntas, y no fue más que mediano, de suerte que aun poniéndose en lo mejor, desconfiaba mucho de llevar número, lo cual le traía muy cabizbajo y desalentado. No obstante, cuando llegó el segundo ejercicio, que consistía en escribir encerrado, durante veinticuatro horas, una disertación sobre un tema elegido entre tres y contestar después a las objeciones que dos compañeros le hiciesen, ocurriósele una idea salvadora; pidió por favor a Miguel, en cuyo talento fiaba mucho, que se la escribiese. Hubo necesidad para ello de valerse de un ardid. A la hora en que se encerraba, fue Rivera por allá, se enteró del tema elegido y corrió a meterse en la biblioteca del Ateneo, donde en pocas horas consultando libros y esforzando el ingenio, escribió un largo y erudito discurso. El problema era que llegase a las manos de Mendoza. Para conseguirlo fue a rondar a las altas horas de la noche el edificio de los Consejos, dio un silbido penetrante, como un enamorado que avisase a su novia, y al poco rato se abrió con cautela una ventana del piso alto y se vio un hilo de seda flotar en el aire; Miguel amarró apresuradamente el manuscrito y el hilo comenzó a subir arrastrándolo consigo.