He relatado adrede el argumento de Consuelo, por ser éste tal vez la más sencilla y corriente de las historias que el Sr. Ayala ha elegido para tema de sus obras. El cómo de esta historia tan vulgar se ha hecho una obra dramática tan primorosa y exquisita, yo no puedo explicarlo. Vayan ustedes al teatro, y allá verán cómo se ha hecho. El Sr. Ayala nos trasporta á todos á las tablas con los mismos cuerpos y almas que tenemos; y sin dejar de ser los mismos pobres diablos que nos empujamos por las tardes en Recoletos y tomamos el fresco por las noches en los jardines del Buen Retiro, quedamos por arte de birlibirloque trasformados en personajes interesantes y poéticos. Casi estoy por asegurar que el Sr. Ayala sería capaz de presentar en la escena una discusión del Ateneo, con discurso de Perier y todo, y hacer que todos estuviésemos embargados y suspensos escuchándola.
Mas yo, que sé decir todas estas lindas cosas de un poeta, me pinto solo para decir las feas cuando por desgracia las encuentro. Y si no, van ustedes á ver.
Las obras todas del Sr. Ayala dejan percibir, desde el comienzo hasta el fin, al artista de corazón y al poeta de nacimiento; mas en ninguna de ellas se revela el ingenio poderoso que señala ó determina, impulsado por una fantasía viva y espontánea, nuevos é ignotos derroteros para el arte. Estos ingenios, que aparecen de tarde en tarde, son por regla general fecundos, desordenados, sublimes muchas veces, monstruosos y extravagantes otras, pero siempre grandes y admirables. No concurren estas circunstancias en la inspiración del Sr. Ayala, por lo cual, á mi entender, no debe ser comprendido entre tales ingenios, sino mejor entre aquellos otros que arrojándose con criterio más seguro, pero con menos inventiva y atrevimiento, por las vías trazadas por los primeros, las asientan y perfeccionan.
Caracterízanse las obras del Sr. Ayala por una perfecta regularidad y proporción entre todas sus partes, por un orden acabado en el desenvolvimiento de la fábula, y principalmente por una discreción nunca desmentida en todo cuanto dicen y ejecutan sus héroes. Es una discreción pasmosa. Declaro, no obstante, ingenuamente que tanta discreción me llega algunas veces á fatigar. Hay ocasiones en las obras de arte en que el lector desea que el artista le sorprenda por un golpe de mano atrevido de la imaginación, aunque sea por un disparate estupendo. Llegan momentos en que realmente siente uno la nostalgia de Grilo. Todo menos ese compás que el entendimiento—no la fantasía—va marcando fríamente al través de los parajes de una obra. En las de nuestro poeta percíbese con harta claridad la mano que escribe y que borra, que torna á escribir y torna á borrar. El arte es de todo punto necesario, pero conviene siempre ocultar esa mano entrometida, para que las gentes, en vez de arte, no den en llamarle artificio.
Mas si la inspiración del Sr. Ayala no tiene ni el calor ni la fuerza que la de nuestros grandes dramaturgos del siglo XVII, en cambio hay en ella tanta dulzura y elegancia que no puede menos de ser amable para todo el mundo, aun para aquellos que, como yo, prefieren lo grandioso á lo correcto. Me gustan más, lo confieso, los aromas penetrantes de un bosque de naranjos y limoneros, de acacias y magnolias, pero también aspiro con delicia el perfume suave y delicado de las flores que crecen en los tiestos. Me gustan más las tierras que naturaleza hizo fértiles, pero me agradan también mucho las que lo son por la diligencia y el esmero de su dueño.
Tiene, á más de dulzura y elegancia, la inspiración de nuestro poeta un no sé qué de buen tono, un cierto dejo aristocrático que al trasmitirse á sus obras se filtra también en el alma de los espectadores. Cuando salgo de verlas en el teatro, aunque vista camisa de color y americana, sin saber por qué, me figuro que estoy vestido de frac y corbata blanca, y al poner al pie en la calle me extraña grandemente que no me espere para llevarme a casa un ligero y elegante landó con dos caballos.
Hasta las sesiones del Congreso de Diputados notan la presencia de nuestro poeta cuando toma asiento en el sillón presidencial, reduciéndose á ser más amenas y correctas. Hay algunas, no obstante, que saben resistir con buen éxito á la influencia artística del presidente. ¡Cuántas veces le he visto al declinar la tarde, con sus dos maceros detrás, bostezando una de estas rebeldes sesiones! Así que llega á persuadirse de que ni sus efusivos bostezos ni las miradas distraídas que pasea por el ámbito de la sala logran enternecer á la empedernida sesión, el señor Ayala adopta, como es natural, las medidas que la prudencia y su alta representación aconsejan. Se echa hacia atrás, y apoyado el codo en el brazo del sillón, deja reposar blandamente la mejilla sobre la mano. Sus ojos permanecen abiertos, muy abiertos, pero su abundante cabellera empieza á descender con lentitud por el suave declive de la frente, y en breve tiempo logra invadir la mayor parte de aquel rostro literario más que político. Al poco rato, sobre la silla presidencial ya no se ven más que cabellos. El Congreso está presidido por una melena.
La luz que poco antes entraba á torrentes por los medios puntos abiertos en las alturas del salón, empieza á retraerse disgustada de la inflexibilidad del reglamento. Lo primero que deja sumido en la sombra es la cabellera del presidente. Pasa con la mayor indiferencia por encima de la «orden del día», que se halla extendida sobre la mesa, y baja culebreando y con mucho cuidado para no hacerse daño por la charolada madera de la tribuna hasta el redondel, ó como se llame. En el redondel no están más que los taquígrafos, gente de escasa importancia. La luz los mira de reojo y con altivez, y marcha hacia el banco azul, donde se encuentra á la sazón un ministro. La luz se apercibe un momento, como para poner los papeles en orden, y de repente se encara con él, interpelándole:—¡Eh! señor ministro, ¿qué noticia tiene S. S. de los desórdenes ocurridos en Navalcarnero? El ministro, como acontece siempre en tales casos, frunce las cejas, arruga la nariz y cambia inmediatamente de postura. La luz marcha poco satisfecha del ministro. Bien se le conoce en la mirada severa y rápida que lanza de una vez á toda la derecha. Esta mirada va á extenderse también á la izquierda, mas la luz allí se encuentra casi sola y se quiebra, y se sume tristemente en el terciopelo de los bancos. Después se pone á escalar con trabajo las paredes, deteniéndose en cada relieve y en cada adorno para tomar aliento. Después se asoma á la boca de las tribunas, y al ver su negrura renuncia de buen grado á esclarecerlas. Sin embargo, allá enfrente, en la tribuna de la presidencia, muy cerca de una columna, se ve una cabecita blonda, una cabeza de mujer. La luz, sin respeto alguno á lo sagrado y augusto del recinto, se detiene frívolamente á jugar con aquella cabeza, y ahora se empeña con malicia en herirla en los ojos para hacerla sonreir, ahora se entretiene en retozar con sus cabellos, ahora la baña pérfidamente con viva claridad, logrando ruborizarla. ¡Ay! ¡quién no se ha detenido alguna vez en su vida á jugar con una cabecita blonda, sin pensar en el tiempo que pasa! El tiempo que pasa obliga, no obstante, á la luz á abandonar aquella cabecita, y se despide de ella con un prolongado beso, primero en los labios, después en los ojos, después en la frente, después en el pelo. ¡Adiós! ¡adiós! Sube un poco más y llega al techo. Allí se para un buen espacio, y medrosa quizá de los grifos y cariátides, tiembla y se estremece, lanza vivos y vacilantes reflejos que iluminan por momentos todos los ángulos, todos los huecos del vasto recinto, arroja con furia oleadas de sombra á todas partes, y esparce el terror y el misterio por los rostros y las figuras de los cuadros. Después, sin saber por dónde, se va como si fuera un duende.
El Sr. Ayala, bien guarecido detrás de su melena, contempla absorto en esta hora el viaje interesante de la luz. Nadie diría, al verlo con los ojos desmesuradamente abiertos é inmóviles, que preside una sesión de diputados de carne y hueso, sino un congreso de fantasmas y de espíritus.
¡Y quién sabe si lo presidirá! ¡Quién sabe si de allá, de los negros rincones de la estancia, saldrán flotando mil imágenes tristes ó risueñas, de todos colores y apariencias, que irán á formar en el aire y delante de nuestro presidente una mágica asamblea! Siendo así (que me perdone el orador que use á la sazón de la palabra), yo asistiría con más gusto á esos debates invisibles del espacio que á los que debajo de ellos se efectúan.