Para figurarse con cierta exactitud á este orador, es indispensable haber contemplado mucho tiempo un cielo siempre límpido, que si primero serena y dulcifica nuestro espíritu, luego empezará á causarnos tedio y concluirá por abrumarnos. ¡Con qué ansia pedimos entonces á ese cielo que en sus senos profundos condense los vapores que recibe y un momento nos cubra al astro del día! ¡Ay! ¡en el cielo del pensamiento del Sr. Perier jamás ha estallado tempestad alguna!

La dicción es correcta y el ademán sosegado; pero le falta color y animación.

D. JUAN VALERA

O es tarea tan fácil como á primera vista parece trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr. Perier, están siempre traspuestos ó adormecidos, y es fuerza copiar su semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan á estarse quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen desempeño de la obra.

Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la culta, la espiritual figura del señor Valera. Inútilmente trataré de imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo.

Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún el de los que pueden soportar el peso de dos ó más. Y el renombre que el Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia, ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador delicioso á quien se escucha con más gusto en conversación familiar que sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo. Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el sacrificio de su paseo: todos forman círculo en torno suyo y escuchan regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa plática.