Fabián Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un grave caso de conciencia que solventar. Marcha á proponérselo á un jesuíta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte. Debo advertir, para mayor edificación de mis lectores, que el joven Fabián no va á confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por sí mismo elegante charrette. Una vez en la celda del Padre Manrique, Fabián cuenta á su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de su papá, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas veras á su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer también á mis lectores, me abstendré de reproducirla. Es forzoso, no obstante, que sepan que Fabián, entregado desde su niñez á los placeres del mundo y á los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adúlteras y enamorado de una niña inocente, era todo un filósofo, un filósofo escandaloso. Vase á confesar y principia por declarar á su confesor á boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace caso, y en vez de convencerle de que sí lo hay, le endilga un manojo de preguntas de mucho efecto.
Pero no entremos en teologías. La trama de El escándalo es una madeja enredada, inverosímil é interesante. Debemos reconocer á este libro el mérito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se termina.
Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo suelo, mientras se alza de sus virginales párrafos espeso vapor que entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura á leerlos, es grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso.
Los caracteres... ¿pero dónde están los caracteres? Figuras toscamente talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son los personajes de El escándalo. Causa verdadero asombro el que Alarcón haya podido dar interés á su novela con semejante personal.
Fabián Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego está pintado con el rojo más subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque así lo dice el autor; cualquiera creería otra cosa. Lázaro es la encarnación más viva de la inopia de Alarcón, de su total ineptitud para trazar un carácter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son las figuras más correctas, pero no escapan tampoco á la exageración que inunda toda la obra.
Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una súplica al Sr. Alarcón. Suplicámosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevención malsana, y por su propio interés más que por otro alguno, que torne, y torne cuanto antes, á su antigua manera de componer novelas frescas, animadas, risueñas, sin caracteres y sin filosofía.
Esa filosofía es una calumnia que el Sr. Alarcón se ha levantado á sí mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy alto, urbi et orbi, que en punto á filosofía el Sr. Alarcón se halla tanquam tabula rasa, y que si un día se ha atrevido á escribir una novela trascendental, fué que el diablo le tentó, y que se le perdone por esta vez, que no lo volverá á hacer.