Héteme aquí, pues, sentado frente á la mesa, en silla de gutapercha, bajo la benéfica sombra de una pantalla de papel verde botella, á la hora en que combaten las sombras y los espectros de la noche, á la hora en que las nieblas reposan tranquilamente sobre el casto regazo de los ríos, á la hora en que voltean por los aires las polkas de las murgas, á la hora en que los árboles se embozan de un modo siniestro con el manto de la noche, y pestañean en lo alto dulcemente todos los luceros del firmamento, á la hora en que el Ateneo discute sobre lo predominantemente subjetivo, á la hora en que las hermosas damas que asisten al teatro Real escuchan las melodías de Bellini, hablando con emoción de las últimas capotas que han llegado de París.

Lindo por el Norte con La mujer soñada y La criolla; al Este con Venganza y castigo y Miseria humana; al Oeste con Un rayo de esperanza y El dedo de Dios. ¿Cuál de estas novelas leeré primero? Leeré la última; me parece lo más original.

El caso es que mientras la leo ha de trascurrir algún tiempo, y yo no puedo, sin faltar á la cortesía, dejarles á ustedes esperando después de haber comenzado la semblanza. Confío, por lo mismo, en que sabrán dispensarme algunas impertinencias de que voy á hacer uso, con el exclusivo objeto de que me quede algún tiempo para leer El dedo de Dios.

Después que hube leído aquella colección de artículos originales del Sr. Selgas, más arriba mencionados, si hubiese tropezado con él y yo fuese montado en borrica, de fijo no me apearía de mi cabalgadura para arremeter con su persona y llamarle «famoso todo, escritor alegre y regocijo de las musas», como hizo el estudiante pardal cuando topó con Cervantes en el camino de Esquivias; antes le hubiese dicho en estilo bíblico: «¡anda tú, desdichado, que quieres escribir bien y no puedes!»

Cuando pasaba rozando con algún escaparate de libros y percibía entre ellos uno nuevo de Selgas, me alejaba batiendo las alas y graznando como las chovas de mi ciudad... ¿Qué graznaban las chovas de mi ciudad?

Siempre me causaron envidia. ¡Qué indiferencia tan sublime la suya para todas las miserias de la tierra! Por las mañanas, al primer esperezo del día, salía el bullicioso ejército del bosque donde pernoctaba y partía majestuoso en correcta formación pasando por encima de la ciudad hacia las altísimas montañas que cierran el horizonte por la parte del Oeste. En todo el día no se las volvía á ver. ¿Qué hacían allí? Era un secreto, y ninguna de ellas, «aunque llevan nombre de mujer», tuvo la fragilidad de revelarlo jamás.

En otro tiempo, hace más de un siglo, pernoctaban en los huecos de la torre de la catedral, según documentos que se conservan en el archivo de la misma. Pero una noche, el campanero, ayudado de una docena de chiquillos, les jugó una mala partida y no volvieron á posarse otra vez en sus dominios.

Por la tarde, á la hora del crepúsculo, cuando los picachos donde llevan á cabo sus trabajos misteriosos se tiñen de un color violeta, y los amantes se despiden hasta el día siguiente apretándose dulcemente la mano, las veía tornar con perezoso vuelo. Al divisar la aguja metálica de la torre, que parece un florete siempre dispuesto á resistir los asaltos del rayo, gritaban todas á una voz «¡memento!» y seguían su carrera hasta el bosque, y allí se dormían sin los temores del porvenir, sin las congojas del pasado, protegidas por los honrados robles que no cesan de gruñir en toda la noche quejándose de las libertades del viento.

Posteriormente me han dicho que los dueños de aquel bosque se negaron á darles posada y las arrojaron á tiros, viéndose precisadas á buscar albergue un poco más lejos, y que al cruzar por encima de aquellos robles gritan con más tristeza aún: «¡memento! ¡memento!»

Así graznaban las chovas de mi ciudad. Así graznaba este servidor de ustedes, huyendo á paso de lobo de aquel escaparate.