El romanticismo ha llegado á ser en nuestra época una abstracción, una idea que la crítica considera, ya funesta, ya dichosa; que para ciertos historiadores atacados del novísimo sistema de explicarlo todo, fué simplemente una necesidad de los tiempos. Probablemente no será nada de esto, y sí tan sólo un grupo de hombres de poderoso ingenio con el cual nada podía rivalizar más que su arrogancia. Amantes de la libertad, orgullosos de vivir y respirar, pensando que sus obras no cabían en el molde clásico ni en ningún otro molde conocido, comenzaron á asestar furiosos golpes á las formas tradicionales de la poesía. Rompieron la tupida malla de preceptos que el estudio de los clásicos, unido á la miseria del ingenio, había formado en los últimos siglos, y lanzaron sus vuelos por los mundos no explorados de la fantasía. Hoy el viajero tropieza en el camino con los restos de algún pájaro infeliz víctima del frío y de la oscuridad, pero tiene presente que otros muchos surcaron atrevidos las tinieblas y dichosos llegaron á puerto de salvación.
El cultivo ciego, insensato, de la forma llegara á tal punto en los tiempos que precedieron al romanticismo, que habían sido proscritas del arte las ideas por inútiles. Todo estaba inventado. Los asuntos del poeta se hallaban trazados de antemano, y ¡guay del que osara salirse de la pauta! Un amante que llora celos, ausencias ó fierezas de su amada; un natalicio, una muerte, unos días, un matrimonio; en el aniversario de la entrada del Rey nuestro señor en Madrid á su vuelta de Francia; en el día del cumpleaños de la Reina nuestra señora; oda al combate de Trafalgar; soneto á un pajarillo; sátira contra las costumbres del tiempo; letrilla contra los pantalones cuando empezaron á usarse; en la proximidad del parto de la Excma. Sra. Marquesa de Villaburrida; á cierto joven militar de grandes esperanzas con motivo de su temprana y repentina muerte: á mi señora D.ª Ramona Portillo; epístola á Poncio quejándose del atraso que sufría el autor en su carrera, etc., etc.
Tales eran los temas predilectos de aquella musa cumplimentera. Delito de leso clasicismo se consideraba enamorarse á derechas de Pepita, Asunción ó Juana. El poeta no podía amar sino á Galatea, Florinda ó Cloe y eso en el campo y disfrazado de Batilo ó Fileno, porque en la ciudad ya se guardaría bien de hacerlo. Si le gustaba una niña era indispensable el decir que ardía en ansias ó que se hallaba encadenado por un déspota inhumano, para que se le creyera. El cuello de la niña había de ser albo forzosamente y los cabellos madeja de oro, los ojos lanzarían mortíferos venenos, dado que no hubiera en ellos un Cupidillo que disparase mortales saetas; los labios serían hibleos, las mejillas de nácar y el seno tomaría la denominación de pomas de nieve ú orbes torneados. La poesía, en resumen, se hallaba estereotipada.
En esto, dejáronse oir los rugidos de los románticos, que llegaron cual rebaño de leones agitando ferozmente sus melenas, y al llegar pusieron en gran desorden y confusión á la turba de gozques que alastraban contra el regazo y comían en las blancas manos de las damas aristocráticas. Traían consigo la idea de libertad, la de naturaleza—á la cual no siempre han sido fieles—y más arraigada que otra alguna, la de tristeza. La tristeza fué la musa que inspiró por más tiempo al romanticismo. Sin que hubiese mayor motivo que antes, todos los poetas de aquella época convinieron en ponerse muy tristes y en dar claras señales de hallarse bajo el peso de un gran dolor. Caían sobre el suelo las lágrimas y formaban pronto regueros, arroyos, ríos caudalosos que se llevaban los puentes y los corazones; desatábanse en el espacio furiosos vendavales de suspiros y estallaban tempestades de sollozos. Más grande desesperación no la habían presenciado los siglos.
Aun dando por supuesto, como es justo que se dé, que aquella tristeza tenía no poco de afectada y artificiosa, ¿quién osará negar que constituye un manantial riquísimo de inspiración poética? Lo pregonan con elocuencia el Childe-Harold y el Manfredo de Byron, el René de Chateaubriand, los cantos líricos de Heine, de Víctor Hugo, de Espronceda y de Zorrilla. Estas obras serán por siempre bellas, aunque el arte, en sus giros de vagabundo, haya abandonado la región de las tristezas individuales y parezca sumergirse ahora con deleite en el océano profundo de la realidad. No queramos juzgar las obras de arte con el criterio que el gusto de hoy nos señala. Si despreciamos las obras y los hombres del romanticismo porque las aficiones de nuestra época nos empujan por opuestos derroteros, cuando otros gustos y otras tendencias hayan venido á sustituir á las nuestras, ¿con qué derecho pediremos gracia para nuestros poetas más queridos y para nuestras obras más predilectas? Pensemos más bien que la belleza es una dama serena y augusta, pero muy coqueta; el arte un mancebo turbulento y caprichoso que sin cesar la enamora. Que vista la dalmática griega, ó la toga romana, ó el jubón de la Edad Media, ó el frac de nuestra época, que gaste peluca ó melena, que parle en latín ó en sueco, como se muestre insinuante, rendido y discreto, obtendrá sus favores.
Aquí llegaba en mi trascendental meditación, cuando rasgó la atmósfera erudita del Ateneo la voz del ujier: «Cátedra del Sr. Zorrilla». ¡Ay! Quizá este mismo ujier gritaría impío al día siguiente: «Cátedra del Sr. Vilanova».
Acudí con ligereza á sentarme delante de la misma tribuna, y esperé con recogimiento, con cierto temblor cortesano, la llegada del monarca.
Y llegó. ¡Pero cómo llegó, cielos! Como oveja á quien privaron de su vellón; como pájaro desplumado. ¡Llegó sin melena!
El viejo y trasquilado león subió lentamente los escalones de la tribuna, y una vez arriba, alzó la cabeza. La juventud había huído de aquella frente, el fuego de aquellos ojos, el carmín de aquellos labios. Paseó una mirada por la concurrencia, y saludó. Yo no sé lo que vi en aquella mirada y en aquel saludo, pero me sentí profundamente conmovido. Aquella mirada triste, muy triste, aquel saludo humilde y encogido parecían decir:
«Estoy en el Ateneo de Madrid; lo sé. Los que aquí os reunís, todos sois más ó menos sabios; todos sabéis que he cometido muchos anacronismos y muchas faltas de gramática. Sé que os reís de mis composiciones vacías, de mi lirismo trasnochado; sé que os gustan otros poetas más filósofos, sé que ya no tengo ni un admirador ni un amigo entre vosotros. La generación á la cual el soplo de mi musa revolvía y encrespaba unas veces, y otras rizaba y adormía blandamente; el público que decía mis versos en el teatro antes que el actor los profiriese, se ha llevado á la tumba mi renombre. Los amigos que conmigo lo compartían han caído también uno á uno en el oscuro misterio de la muerte. Cuanto miro en torno mío, me es extraño y desconocido. No entiendo vuestra sabiduría, no entiendo vuestro escepticismo, no entiendo vuestros versos. Me encuentro solo, triste y pobre, y ni aun fuerzas me quedan para repetiros la vieja canción. Nada puedo daros digno de vosotros: perdonadme, señores, perdonadme.»