Pero si es la mayor, nadie osaría afirmar que es la única ventaja que ha otorgado al arte patrio. El señor Grilo ha conseguido como ningún otro escritor español poner al servicio de cada idea el mayor número posible de palabras. La palabra es sin disputa el más precioso don que la Providencia concedió á los humanos, y el que á juicio de los naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendiéndolo así el señor Grilo, es quizá de todos los humanos el que mejor ha sabido aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las voces del diccionario de Domínguez (que es el más completo) alejarse el mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fué dada al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso aprendizaje. El tránsito del sonido inarticulado al sonido articulado costó á nuestros antepasados muchos siglos[8]. Más tarde el paso de las lenguas monosilábicas á las aglutinantes y de éstas á las de flexión se realizó en larguísimo período histórico[9]. El progreso no sólo ha caminado á la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios eminentes filólogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y en efecto, ¡qué distancia tan inmensa no existe entre el hombre primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el más intrincado de sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un número infinito de sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningún modo puede pasar sin ella!

Sin necesidad de acudir á las épocas prehistóricas, ¡cuantos pasos no ha dado el género humano desde los primeros escritores que surgieron en la tierra, verbi y gracia desde Moisés, que con dos miserables palabras quiere relatar la aparición de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera sabido íntercalar oportunamente más de dos mil, como lo exige la grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta!

Mucho se engañaría, no obstante, el que juzgase que sólo por la abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo. En la acertada y oportuna colocación de aquéllas hay también no poco que admirar. Echemos una mirada á cualquiera de sus más notables poesías, por ejemplo, á la titulada Al borde del abismo, y nos convenceremos de ello.

Empieza esta composición:

A la orilla del mar; casi sin luna,
sin una luz apenas,
un ¡adiós! nuestras almas se decían
en la noche desierta.
Dos infinitos batallaban solos
en la muda ribera;
el de aquella imposible despedida
y el de la mar inmensa.

Considere el lector cuánta fuerza y majestad comunica á la composición el adverbio casi interpolado en el verso primero. No es posible decir de modo más elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto menguante.

El adverbio apenas del segundo verso presta al casi del primero un apoyo eficaz y desinteresado, que este último nunca agradecerá lo bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composición, declaro que no he visto jamás un cuadro tan desolador. Porque, si para nadie es cosa agradable encontrarse á la orilla del mar, casi sin luna, con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se ha excusado de expresar su fervoroso apego á aquel satélite, debe ser una situación verdaderamente desesperada.

Citaré á más de ésta, como es mi deber, la célebre composición titulada Las Ermitas de Córdoba. Sólo de pensar que pudo haberse muerto el Sr. Grito sin escribir Las Ermitas de Córdoba, me estremezco. Yo no comprendo de qué modo podría pasar la sociedad elegante sin esta maravillosa poesía, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo recitar, con las manos quietas, Las Ermitas de Córdoba, es uno de esos goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. ¡Plegue al cielo que nuestra aristocracia continúe siempre buscando un refugio para su hastío en esta milagrosa composición!

Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesías del Sr. Grilo he creído hallar ciertas imperfecciones que, si no dañan poco ni mucho á su pensamiento (del cual he dicho ya que prescindía por entero en este artículo), turban y empañan el claro brillo de la forma. Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de La Ilustración Española y Americana:

AL RÍO PIEDRA