Apenas pasa un día sin que necesitemos estrechar la mano de una de esas niñas angelicales que van á pie por Recoletos, lanzando miradas furtivas y ardorosas á los carruajes que cruzan. Á veces la vemos acompañada de un joven de modesto porte y mirada franca. Es su novio, nos dicen; un muchacho que sigue la carrera de médico y está empleado en una sociedad de ferrocarriles. Después de escuchar la noticia pasamos á otra conversación. Más tarde nos dicen que aquella niña se ha casado con Fulano de Tal, un conocido nuestro y hombre acaudalado. Más tarde la vemos en un palco del Teatro Real ó en un carruaje de la Castellana, y le quitamos desde lejos el sombrero. Más tarde vemos á su marido acompañando á otra mujer, hermosa y cubierta de galas. Más tarde la encontramos en una casa, nos saluda con afecto, se muestra un poco expansiva y nos dice que no es dichosa en su matrimonio. Y el joven estudiante, empleado en ferrocarriles, ¡ay! ni por casualidad vuelve á parecer por nuestro pensamiento! ¿Dónde está?—Á lo mejor vemos su nombre en un periódico. Le han nombrado presidente de una comisión científica. ¡Pluguiera á Dios que le nombrasen también hombre feliz!
¡Qué historia tan vulgar! Y, sin embargo, con ella se ha formado una de las obras más admirables del teatro moderno.
Consuelo era uno de esos ángeles que piensan mucho en su porvenir, «y no se empalagan nunca de sí mismos cuando se miran al espejo». Fernando la amaba con toda su alma, como aman los hombres sensibles y honrados, sin empalagarse jamás de pensar en ella. Fernando llega un día á casa de su amada después de larga ausencia. Consuelo se desmaya al verlo. ¡Qué corazón tan puro! Examinad bien ese corazón, no obstante; dadle muchas vueltas en la mano, y percibiréis en cierto paraje una ligera picadura. Por allí ha penetrado el gusano de la vanidad. Arrojad, arrojad pronto ese corazón. Dentro de él ya no hay más que podredumbre.
¡Pobre Fernando! Acaba de recibir la primera pedrada que el egoísmo arroja á la inocencia en este mundo! Consuelo, aquella niña que había visto por vez primera sentada al piano,
«muy sorprendida y risueña
de que mano tan pequeña
moviese tan grande estruendo»,
aquella niña que se había filtrado en su alma como un rayo de luz, no era un rayo de luz de los cielos, sino de las hogueras del infierno. El oro que Fernando despreciara por no manchar su conciencia, lo había recogido Ricardo, y Ricardo había decidido pedir la mano de Consuelo por conducto de Fulgencio, el mismo día que llegó Fernando. Consuelo á su vez había decidido casarse con Ricardo. ¡Qué tiene esto de particular! ¿Acaso es la primera niña que deja un novio y toma otro? Así razonaba ella con profundidad que encanta y admira á Fulgencio, hombre muy bien afinado con el sentido moral predominante en nuestra sociedad.
Hay una escena violenta entre Consuelo, Antonia su madre y Fernando. Antonia, que amaba ya á éste como á un hijo, se desmaya; pero Consuelo se había comprometido á salir en carruaje con Fulgencio, la señora de éste y Ricardo, y no tiene más remedio que marcharse apenas vuelve su madre á la vida. ¡Ay! ¡Fernando la ha perdido para siempre... y su madre también! Así terminó el acto primero.
Ricardo era un hombre frío, imperioso y egoísta. Nada tiene de extraño que Consuelo se enamorase de él perdidamente. Ricardo, pasada la luna de miel, considera á su mujer como el mueble más elegante de su casa. Una vez satisfecha su vanidad por esta parte, era imprescindible satisfacerla por otras, y al efecto dedica su amor y sus brazaletes á una renombrada cantante. Consuelo sorprende una carta y paladea todo el amargor de los celos. Fulgencio, el dulcísimo Fulgencio, tiene la buena ocurrencia de convidar á comer en su casa (donde comían también Ricardo y Consuelo) á Fernando. ¡Con qué jovial indiferencia había escuchado Consuelo esta noticia! Al saber Fernando que va á sentarse á la mesa en compañía de Ricardo y Consuelo, trata de irse.
Ya es tarde. Consuelo penetra en la habitación y experimenta una ligera sorpresa, de la cual bien pronto se repone. Mientras Consuelo habla con Fulgencio para informarse del concierto donde canta su rival, Fernando, apoyado en una silla, no despliega los labios. En este silencio tan natural, tan delicado, tan conmovedor, se revela bien claramente lo poeta que es el Sr. Ayala. Un autor observador no hubiese dejado nunca de hacer prorrumpir al desdichado amante en desesperadas exclamaciones, que destruirían enteramente el efecto de esta interesantísima escena.
Fernando no quiere quedarse á comer, y Consuelo lo despide diciéndole: