Y el pobre chico sin dar paz a la lengua les encajaba las objeciones de sus contrarios y sus respuestas victoriosas y el efecto que ellas habían producido en el tribunal. Valera se había rascado la cabeza con señales de alegría y Cañete le había dirigido una sonrisa de aprobación.

Del aspecto teórico pasó después al práctico y narró con prolijidad todas las intrigas, todas las arterías de que se valían sus contrarios para arrancarle la cátedra. Particularmente Alvarez, el infecto Alvarez no reparaba en valerse de los medios más reprobados, más odiosos. A un miembro del tribunal carlista muy exaltado le había dicho que era republicano y que no oía misa los domingos. A Cañete le fue con la embajada de que se reía de sus críticas en el café. En fin una serie de canalladas que levantan el estómago.

Y en efecto, García al narrarlas se ponía pálido y parecía estar atacado de náuseas. Tristán le escuchaba distraído, pensando en sus cosas; Clara con toda atención, aprobando con el gesto, dejando escapar frases de conmiseración y sacudiendo la cabeza indignada contra sus enemigos, sobre todo contra Alvarez, el infecto Alvarez. Últimamente García ya no hablaba más que para ella y no se dirigía a Tristán. Entre aquellos dos seres buenos se había establecido una corriente de tierna simpatía.

Pero la noche avanzaba. Tristán empezó a dar muestras de impaciencia, bostezando, levantándose y poniéndose de bruces sobre el balcón. García entendió al fin y se dispuso a marcharse. Tomó el sombrero, volvió a abrazar efusivamente a Tristán, apretó con el mismo cariño la mano de Clara y salió. Tristán le acompañó hasta la puerta. Al llegar a ella García le dijo misteriosamente:

—Espero que marchará bien, ¿sabes? Pero si se descompone no tienes más que avisarme, que yo lo llevaré para que lo arreglen.

—Bien, hombre, gracias—respondió Tristán sin poder reprimir una sonrisa.

Luego, cuando tornó al comedor, entró diciendo:

—¡Pero qué pesadísimo es este pobre García!

—¿Por qué?—preguntó Clara—. Yo le encuentro un chico muy bueno.

—Bueno sí; pero no tiene las piernas ligeras.