—Está aquí, señora.

—Quitad éste y enganchadlo.

—Está bien, señora—replicó el lacayo sorprendido.

Y como permaneciese de pie con la portezuela abierta esperando que la señora bajase, ésta le dijo con alguna impaciencia:

—Cierra, yo no salgo del coche.

La sorpresa del lacayo fue mucho mayor. Habló en voz baja con el cochero, bajó éste del pescante, tomó otra vez la orden de la señora y se dispuso a cumplimentarla. Un buen cuarto de hora se tardó en cambiar los tiros de la berlina, porque el de mulas no estaba enjaezado. El cochero propuso cambiar el coche por una carretela de camino, pero Elena se negó a ello. Era poco más de las once.

—Al Sotillo—dijo con firmeza al lacayo cuando todo estuvo a punto. Ni éste ni el cochero sintieron esta vez sorpresa porque ya se lo habían tragado—. ¡Vivo! ¡vivo!—Apenas salieron por la puerta de San Vicente emprendieron el galope. La noche era obscura; el cielo estaba aborrascado; grandes nubes negras, informes, monstruosas corrían por él dejando por intervalos descubierto algún rincón de azul obscuro. La tierra se extendía negra, amenazadora como el cielo. En poco más de tres horas alcanzaron el Sotillo, que dormía el sueño profundo y tranquilo del labriego. Ladraron los perros furiosos, pero al oír la voz del cochero se amansaron repentinamente. Elena subió a las habitaciones de su marido. Este al sentir el ruido del coche y los ladridos de los perros se había vestido apresuradamente. Cuando la vio aparecer quedó estupefacto. ¿Qué ocurría? ¿Cómo a tales horas...?

—Nada—replicó ella turbada—. He sentido mucho miedo y no pude resistir.

Don Germán tuvo una sonrisa cariñosa para aquel capricho infantil. Ya estaba acostumbrado a ellos.

—¡Vendrás muerta de frío, hija mía!—dijo acariciándole el rostro, palpando su espalda.