—Entonces lo creía.

—Usted lo creía: yo no. En cambio yo pensaba que era posible ganar el corazón de un joven dedicándole un cariño apasionado, alentando y protegiendo sus esperanzas; creía que el afecto desinteresado de los viejos debía engendrar el respeto y consideración de los jóvenes. Eso no lo creía usted.

—La cualidad que más he estimado siempre en los hombres y por tanto en mí mismo es la sinceridad. Si usted imagina que pudiera enajenar tesoro de tal valía a cambio de favores literarios, vive usted en un error. Me considero no sólo con el derecho, sino también con el deber de decir claramente lo que siento acerca del arte y de los artistas.

Rojas sonrió, guardó silencio unos instantes y al cabo dijo:

—A un general se le confía la dirección de una campaña. Este general combina su plan estratégico y el enemigo le derrota. Una casa de comercio entrega poderes a un empleado para la gerencia de sus negocios y la casa experimenta graves pérdidas. El general y el gerente son hombres muy sinceros, no hay que dudarlo, pero ni la nación ni la sociedad depositarán ya en ellos jamás su confianza. ¿No teme usted, amigo Aldama, que el público haga con usted lo mismo?

—Eso no es cuenta de usted, don Luis, ni debe preocuparle—replicó Tristán con mal disimulada irritación—. Si el público no acepta mis juicios, yo sufriré las consecuencias de su desvío.

—Está usted bien pagado, hijo mío, de sus juicios.

—Cada uno lo está de sus propias obras por poco que valgan.

—Las hay que lo merecen y las hay también que merecen ser despreciadas por su mismo autor.

—Comprendo, don Luis, que usted se halle bien ufano de las suyas, pero ¿por qué no quiere usted dejar a los demás la ilusión de que no escriben cosas despreciables?