Reynoso horriblemente pálido le contemplaba atónito, sin pestañear.

—Antes de dar este paso he consultado con tus amigos más fieles, con los que te quieren como un hermano y ellos han visto como yo que era de todo punto necesario esta operación dolorosa. Ten valor, pues... Prepárate a saber que se ha hecho befa de tus sentimientos más íntimos, que se ha olvidado infamemente tu nobleza y tu generosidad, que se ha pisoteado tu corazón y tu nombre... Elena...

Un grito áspero y extraño, mezcla de rugido y de lamento, salió de la garganta de Reynoso.

—¡La prueba! ¡la prueba!

Tristán, Escudero, Barragán quedaron aterrados viendo la palidez cadavérica de aquel hombre, su mirada centellante de fiera acorralada.

—¡La prueba! ¡la prueba!—repitió apretando el brazo de su cuñado.

—Dentro de pocos momentos la tendrás.

Reynoso paseó una mirada anhelante por el rostro de sus amigos, y viendo que los dos bajaban la cabeza confirmando las palabras de Tristán, se llevó ambas manos crispadas a los cabellos mesándoselos con furor. Fue un acceso de loca desesperación. Gritos, sollozos, interjecciones, movimientos convulsivos. Sus amigos turbados y confusos hacían vanos esfuerzos por calmarle. No duró mucho tiempo, sin embargo, aquel ataque. Dejó al cabo caer la cabeza contra el rincón, se tapó con una mano los ojos y extendiendo la otra hacia Tristán dijo con voz débil:

—Habla. Quiero saberlo todo.

—Todo está dicho ya—repuso Tristán visiblemente afectado—. ¿Para qué necesitas más palabras? Ahora mismo te llevaremos a un sitio donde puedes quedar bien persuadido... ¡Manuel!—añadió sacando la cabeza por la ventanilla—da la vuelta y llévanos a la calle de Atocha. Para delante de la iglesia de San Sebastián. ¡Vivo!