Reynoso no se movió. Se oyó el ruido del coche que se alejaba. Nadie habló una palabra en algunos minutos. Al fin Escudero puso una mano sobre el hombro de aquél y dijo con voz conmovida:
—¡Germán! ¡amigo mío! ¡valor!
Y por el rostro de aquel hombre, que no parecía sensible más que a los cheques y talones, rodaban dos gruesas lágrimas. Reynoso se alzó y tambaleándose como un beodo salió de la taberna seguido de sus amigos. Cuando estuvieron en la calle se volvió hacia su cuñado y apretándole la mano dijo:
—¡Tienes razón, Tristán, la vida es un asco!
Guardaron todos silencio y caminaron hacia el sitio en que habían dejado el coche. Don Germán manifestó su resolución de volverse al Escorial. Todos ellos se brindaron a acompañarle, particularmente Tristán, pero opuso una enérgica negativa a sus instancias. Tampoco aceptó el coche de Escudero que hablaba de añadir otros dos caballos a los que llevaban. Nada, sólo pedía que le dejasen en la estación. Salía un tren a las siete y sólo faltaba una hora. Acataron su voluntad aunque de mala gana.
—Os suplico que os volváis a vuestras casas y me dejéis ya—les dijo cuando hubieron llegado. Y llamando aparte a Tristán:—Cuida mucho de Clara. Conozco su corazón y sé que este golpe puede hacerle mucho daño. Os espero dentro de cuatro o cinco días. Hasta entonces dejadme solo.
Tristán le miró con asombro.
—Pero ¿qué piensas hacer?
—Nada.
—¿No quieres castigar a ese miserable?