—¡Oh, madame la duchesse!

Y una de las amiguitas se inclinaba delante de la novia con reverencia cómica que despertaba las carcajadas de las otras. Araceli, lisonjeada, sonreía con benevolencia.

—¿No tardarás en tomar la almohada?

—¡Quién piensa en eso todavía!—respondió Araceli que había pensado ya infinitas veces.

—Es una ceremonia imponente, muy imponente—manifestó con gravedad y poniendo los ojos en blanco una jovencita rubia que seguía las huellas de Araceli—. Cuando la tomó mi prima la marquesa de la Suave-Conquista vino antes a ensayarse con mamá, que ha sido camarista de la reina Isabel. Hay que esperar en un salón; vendrá a buscarte la madrina y otras damas, se te anunciará y al entrar harás tres reverencias... una así... otra así... y por último otra así.

La jovencita rubia, puesta en pie y en medio del corro, hacía las genuflexiones con tal unción, delicadeza y primor, que parecía que en su vida había hecho otra cosa. Sin embargo, Araceli irguió su cabecita con altanera indiferencia.

—Ya sé, ya sé todo eso, querida.

—¡A ver, que la tome aquí ahora mismo ante nosotras!—exclamó la amiguita de humor jocoso que la había saludado en francés—. ¡Yo soy la reina! Dejad que me siente ahí en lo más alto. Margarita, echa ese cojín en el suelo. Esa es la almohada. Carmen, tú serás la madrina. A ti, Beatriz, te nombro mi camarista mayor. No reírse, que éstas son cosas serias, ¿verdad Mimí? (dirigiéndose a la jovencita rubia). Vamos, llevadme a esa chica fuera. La llamaré cuando me dé la real gana. Vosotras aquí en semicírculo haciéndome la corte...

La traviesa niña empujando a unas, arrastrando a otras, cambiando sillas y cerrando puertas improvisó presto un salón de corte. Se representó la escena con no poca algazara. Araceli vino del gabinete de su mamá donde la tuvieron recluida largo rato, hizo sus reverencias casi tan bien como la rubita Mimí (prueba de que ya las había ensayado a solas) y se sentó sobre el cojín naciendo tantos remilgos que la reina incomodada le tiró otro a la cabeza.

—Pero, duquesa, ¿cómo tiene usted valor de presentarse sin diadema?—exclamó S. M. en el colmo de la estupefacción.