—Convengo.
—¿Confiesa usted, además, que es un novio fastidioso, antipático, pesado, insufrible?
—Lo confieso.
—¿Promete usted enmendarse y no decir en adelante a Clara más que palabras suaves y cariñosas?
—Lo prometo.
—Está bien. Ahora pida usted perdón de su fechoría que no conozco ni quiero conocer.
—Clarita—dijo Tristán mirando a su prometida que continuaba tapándose los ojos con la mano—, perdóname lo que te he dicho. Te juro que te adoro, que te quiero con toda mi alma...
—¿Cómo? ¿Cómo...? ¿Qué modo de pedir perdón es ese...? Hágame usted el favor de hacerlo como se debe.
Y la esposa de Reynoso señalaba enérgicamente el suelo con su índice. Las mejillas de Tristán se tiñeron de carmín.
—Bueno: ¿se pone usted colorado? Mejor, así se demuestra que le queda todavía un poco de vergüenza... Saque usted el pañuelo y póngalo debajo que se va a manchar los pantalones en la arena.