—¿Cómo no ha templado usted el vino, Inocencio?

—Dispense la señora, pero se lo he encargado a la Dolores y había quedado en hacerlo—respondió confuso el criado.

—A ver, llamar a la Dolores.

Se presentó la Dolores.

—¿Por qué no ha templado usted el vino como se lo ha encargado Inocencio?

—Dispense la señora, pero en aquel momento estaba poniendo las flores en la mesa y se lo encargué a Manuel que pasaba por aquí. Pensé que lo había hecho.

—Llamen a Manuel.

—No llames ya a nadie—manifestó Reynoso—. Nada sacarás en limpio.

—¡Pero es bien triste...!—exclamó su esposa en el colmo de la contrariedad.

—¡Tristísimo!—respondió él haciendo esfuerzos para no reír—. Pero es mejor resignarse, porque no conseguirás más que disgustarte y que te haga daño la comida.