Elena al ver al bandido dio un grito penetrante y extendiendo las manos exclamó:
—¡Oh por Dios! ¡Por Dios no me secuestre usted...! Ya le daremos todo el dinero que quiera... Déjeme ir a casa... Le traeré todas mis joyas... Déjeme usted por Dios.
Clara al oír el grito de su cuñada había corrido hacia el sitio y al encontrarse con el bandido se encaró intrépidamente con él.
—¿Cómo...? ¿Qué es eso...? ¿Qué hace usted aquí?
El secuestrador trató de acercarse sonriendo de un modo horrible.
—¡No se acerque usted o le tiro una piedra a la cabeza!—dijo la heroica joven haciendo ademán de bajarse a cogerla.
Elena viéndose libre se dio a correr hacia casa, dejando a su infeliz cuñada en las garras del monstruo.
—¡Germán! ¡Germán!—iba gritando—. ¡Germán, un secuestrador!
Y Reynoso, que por encima del muro había oído el grito, salía ya por la puerta del jardín y venía corriendo hacia ella.
—¡Un secuestrador! ¡Un secuestrador!—seguía gritando cada vez más sofocada Elena.