—Un beso... un beso—respondieron los chicos, una niña y un niño de seis y cinco años respectivamente.
—¿Nada más?
La niña, avergonzada, hizo signos negativos con la cabeza. Reynoso se inclinó para besarla. Mas he aquí que cuando lo estaba haciendo, el niño le introdujo suavemente la mano en el bolsillo.
—¿Qué haces, pícaro?—exclamó el caballero alzándose bruscamente y mirándole con afectada severidad.
El chico, aterrado, se dio a la fuga. La niña reía: sus carcajadas sonaban frescas y cristalinas como el gorjeo de los pájaros.
—¡A ése! ¡a ése...! ¡Al ladrón!—gritaba Reynoso.
Luego, sacando del bolsillo un caramelo, se lo dio a la niña diciendo:
—Tú, que eres buena, toma. A ese tunante nada.
Pero el chico, advertido, comenzó a volver sobre sus pasos gimoteando:
—¡A mí! ¡a mí también!