—Caballero, ése es mi sitio—dijo encarándose un poco rudamente con Tristán.

Este, cuya susceptibilidad siempre viva se hallaba ahora exacerbada, respondió con calma afectada e impertinente:

—En este momento es el mío.

—Es cierto que no he dejado en él señal ninguna porque creí que no subiría nadie, pero estas señoras son testigos de que he venido ocupándolo desde Valladolid.

Las señoras corroboraron el aserto con un murmullo y una inclinación de cabeza.

—La opinión de estas señoras es muy respetable, pero no me parece suficiente para darle a usted el derecho de reclamar el sitio del modo perentorio que lo ha hecho.

—¡Qué modo perentorio ni qué calabazas!—exclamó el buen señor perdiendo la paciencia.

Tristán, que ya la tenía perdida de antemano, replicó en el mismo tono. La disputa se fue haciendo cada vez más agria. Por último Tristán poniéndose un poco pálido y mirándole fijamente a los ojos profirió resueltamente:

—¡Hágame usted el favor de sentarse y no molestar más!

El caballero también se puso pálido y le dirigió una larga mirada centellante. Hubo un instante en que pareció que iba a arrojarse sobre él; pero haciendo un supremo esfuerzo sobre sí mismo alzó los hombros con desdén, dejó escapar un bufido expresando el mismo sentimiento y fue a sentarse en el rincón opuesto. Tristán permaneció en el suyo y afectando indiferencia cerró los ojos como si se dispusiera a dormir. Bien comprendía que las señoras le estaban mirando y no con gran benevolencia.